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¡Hola, amigo!

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¡Hola, amigo!

Es viernes de Cuaresma. Pasadas las nueve, un poco antes de y media, tal vez serían las nueve y veinte. Aquella puerta, nunca cerrada del todo, deja paso a una figura conocida, de ya torpes movimientos, que necesita de bastón. Su cauta entrada en escena, camuflada bajo el sonido de la percusión, es percibida por solo unos pocos, cuyas miradas se distraen instintivamente hacia cada paso lento que da por la sala.

—Tú eres un hombre ya.

Una combinación de palabras que me dedicó a menudo, desde los inicios de nuestra relación. Vivía eternamente preocupado por la compostura, las formas y la seriedad requeridas por cada situación. Las suyas y las de quienes le acompañaban, claro está. Un maestro del saber estar para seres mucho menores que él, pequeños seguidores que se veían obligados a bajar de revoluciones en presencia de alguien con una voz tan imponente. Pero, como ocurre con cada uno de nosotros, esa era únicamente la coraza, la capa más superficial; la inmersión en su interior permitía conocer los entresijos de un ser peculiar.

Sentimental y familiar. Puede que la segunda faceta no extrañe a nadie. ¿La primera? La primera pocas personas pudieron verla o tan solo intuir su existencia; no era dado a mostrarla, y solo las circunstancias acaecidas al final del camino le abrieron poros en la piel.

Respiraba alivio si a todos les iba bien, si la estructura, los cimientos familiares, no se tambaleaban. Si no había huecos en la mesa. De lo contrario, la maquinaria mental desviaba sus funciones hacia la preocupación, la inquietud disimulada, hacia la angustia que te devora y se expande como la carcoma. Porque sí, era alguien sensible, con una habilidad para el diagnóstico emocional bastante bien calibrada, excepto cuando se trataba de sí mismo. Todas ellas cualidades internas que legó, sin manual de instrucciones, a siguientes generaciones.

No era amante del cariño a través del roce o el contacto. Expresaba su aprecio desde la media distancia, sabía hacerse notar por otros medios. O simplemente su forma de querer pasaba por que supieras que podías encontrarle en el mismo lugar de siempre. Es justo reconocer que acudía sin falta a la llamada, cuando las cosas eran diferentes y él era quien conducía y yo el copiloto. No obstante, en cierta época, hubiésemos deseado que eso fuera distinto, que él fuera distinto. Tenerlo más presente, sentirlo un poco más cerca de forma constante. Ubicuo. Porque, en mi casa, realmente lo necesitamos. A mí, honestamente, me hizo mucha falta. Quizás él no supiera valorarlo desde esa perspectiva. Puede que jamás tuviera la oportunidad de aprenderlo. Puede, sin más, que actuara con la mejor de las intenciones que estaban a su alcance.

Al director sigue sin convencerle esa parte de la marcha que no terminamos de ajustar, de modo que aspira todo el sonido con sus manos. El silencio, que irrumpe de forma apresurada, es aprovechado por el visitante:

—¡Buenas noches! —exclama a lo lejos, sorprendiendo a quienes no se han percatado de su presencia—. Por mí no paréis, ¿eh? ¡Verdaderamente da encanto oírlo!

Resulta imposible aislar su recuerdo de la sonrisa, la carcajada, de las ganas de bromear y narrar anécdotas compartidas que le hacían llorar de la risa antes incluso de terminar de relatarlas. La fina ironía, la picardía. Todo eso era él. Él era todo eso. Alguien con el don de hacer reír. Conocí a personas que destacaban esa faceta característica, que la elogiaban, que me la describían, como si yo no la conociese; como si ningún domingo, sentados a la mesa, nos hubiese contado los chistes que escuchaba en la radio, fijamente anclados a su memoria prodigiosa.

Su mente, siempre en vigilia permanente, siguió a pleno rendimiento hasta el final, con las ventajas e inconvenientes que ello implica. Hábil en los números, rápido en el cálculo mental, infalible a la hora de recordar cualquier detalle a priori sin relevancia. Hizo decenas de puzles, llenando las paredes, aunque no pudo terminar el último: había colocado las piezas que conformaban el borde, marcado el camino. Y como si de un poema sobre nuestra trayectoria vital se tratase, otros le ayudamos a rellenar la escena y terminar la tarea.

Era una persona culta porque así lo decidió. Se rodeó de libros, de documentales, de cine. Hablábamos de la actualidad, de política, de mis estudios, a veces de los recovecos de nuestra existencia sin más. Él siempre entendió la cultura como algo necesario y decisivo, como alas para volar de aquellos que desarrollan vista de pájaro. Y es aquí, en este punto, donde aparece la Semana Santa. Porque, para él, la Semana Santa de Totana, más allá de la religión, más allá del sentimiento y el fervor, la festividad o la celebración, era cultura y patrimonio de su pueblo. Tradición, elegancia y nostalgia, una hermosa forma de unir a las gentes de este rincón del mundo. Belleza y color de esculturas y enseres. Orgullo y placer, que brotaban de sus entrañas, al sentirse bajo el manto de la música nazarena. Su familia.

Tras la breve interrupción, la melodía vuelve a inundar el lugar. Y en algún momento, en un instante preciso de la infinidad del tiempo, comienza a sonar El Pordiosero. Es entonces cuando los tímpanos de nuestro invitado vibran tan exultantes que casi pueden sentirse en la distancia. Una sensación única, solo superada por aquellas ocasiones en las que el escenario de la actuación es la puerta de su casa.

Camino del cementerio pregunté a mi primo, Miguel Ángel, si recordaba aquellas ocasiones en las que nos enzarzábamos brevemente por el puesto de feje del trono chico. Ese señor al que seguíamos recordaba con risa sonora nuestros infantiles enfrentamientos y algunas de las frases que dejamos para la posteridad. El mismo que, según fuentes fiables, se emocionó la primera vez que me colgué un tambor en el Día de la música nazarena, allá por el año 2007. El mismo que pregonaba, sin necesidad de que nadie le preguntara, que los seis, cada uno a su manera, éramos músicos de La Salomé.

Se erigió como un fiel admirador cuando aprendí a redoblar. Disfrutaba observándome, lo hacía con mucha atención, y yo captaba, con el rabillo del ojo, su expresión de regocijo. Así que, en 2010, cuando cambié las baquetas por los pistones, fue el único que no se tomó bien la noticia.

—Pero ¿cómo vas a dejar la caja ahora? —preguntó con visible incredulidad.

Pocos conocemos su pánico irracional hacia la idea de ser nombrado "Nazareno de honor", rechazando incluso el nombramiento. El miedo, inherente a nuestra condición de seres humanos, es libre y adquiere formas y motivos singulares. Él no era una excepción:

—Todo aquel que sale elegido poco después enferma o directamente se muere —sentenció.

Finalmente, en 2015 no pudo posponer por más tiempo una distinción que quienes lo conocieron saben que era más que merecida. Él, como muchos otros, contribuyó a moldear la Semana Santa que conocemos hoy en día. Él, como casi ningún otro, se empeñó en amar a su hermandad.

Y de nuevo sin previo aviso, armado de mesura y discreción, aprovechando que las notas de la partitura absorben toda nuestra atención, envuelto bajo el brillante poder del viento-metal, toma la puerta, la que siempre está entornada, y se marcha.

En pocas ocasiones se resignó a no llevar la razón. Tras disfrutar hasta la saciedad de ese reconocimiento, tras poner el broche de oro a toda una carrera nazarena de entrega y devoción, volvió a tener razón. Recibió un golpe del que, podría asegurar, nunca llegó a recuperarse anímicamente. Sin embargo, a pesar de su pesimismo natural, se dejó arrastrar por la única cura posible: el empuje y el esfuerzo de su familia, la fe en la ciencia y sus avances y la cercanía y buen hacer de todos los profesionales de la salud que lo atendieron. Y lo consiguió, ya lo creo que sí. Rompió el maleficio y pudo saborear esa Semana Santa que para todos nosotros ha sido, hasta el momento, la última en brillar con luz propia. No iba a perderse nada. En el año 2019, María Salomé y el Ecce - Homo volvieron a la primera plana, fueron el rostro visible de sus siete días favoritos del año, y él los acompañó hasta el final. Por muchos motivos, entre ellos este sin duda, 2019 fue especial e inolvidable para todos nosotros. Él supo definir a la perfección ese sentir, sentado en primera fila, al concluir nuestra actuación en el Cine Velasco:

—¡Mucho bueno! —Y aplaudió con todas sus fuerzas.

Es viernes de Cuaresma. Pasadas las nueve, un poco antes de y media, tal vez serían las nueve y veinte. Esa puerta está cerrada, permanentemente, y la llave, guardada en un cajón. A pesar de que el mutismo impera en la habitación, ya no es capaz de advertir la llegada de quienes le vienen a acompañar.

Y de nuevo sin previo aviso, armado de mesura y discreción, aunque no hay notas, partituras ni trompetas de por medio que nos distraigan esta vez, pese a que no lo perdemos de vista, toma la puerta, la que siempre está cerrada a cal y canto, y se marcha, llevándose consigo la música.

Estimado lector, si no lo conociste, confío en haber sembrado en ti suficientes dosis de curiosidad por saber más acerca de él. Si, por el contrario, has sabido desde el principio quién es el protagonista, si compartisteis momentos juntos, espero haber conseguido poner a flor de piel todos aquellos recuerdos, grabados en tu retina, que impliquen su presencia. Sea como sea, coincidirás conmigo en que hay que reírse con él: decidió marcharse el 26 de febrero de 2021, cuando la Semana Santa que conocemos ya había sido cancelada. Cuando ya no había nada que ver; toda una declaración de intenciones.

"Compartiendo su bota de vino, cantando y riendo en La Santa; nazareno del Ecce - Homo, en la noche del Martes Santo resuena a lo lejos, entrando en la calle Balsa Nueva, la banda de La Salomé.

A la memoria de Pablo Cánovas Martínez, mi abuelo. Y mi amigo. Un nazareno irrepetible".

Escrito en la Semana Santa de 2021, para que puedas leerme, con la herida sangrante, cuando más nos dueles, cuando más me dueles en mi padre.

Volveremos a encontrarnos. No me cabe duda. ¡Adiós, amigo!

Justo Cánovas García

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