Paso la palabra. Para meditar cada día: 13/9/2026
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Ellos le contestaron: «Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas.» Él les preguntó: «Y vosotros, ¿quién decís que soy?» Pedro le contestó: «Tú eres el Mesías.» Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Y empezó a instruirlos: «El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar a los tres días.» Se lo explicaba con toda claridad. Entones Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y, de cara a los discípulos, increpó a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará.» (Marcos 8, 27-35). 1 Jesús preguntas a los discípulos quién dice la gente que es él. Ellos dicen que lo consideran alguien importante, pero no saben quién es en realidad: unos dicen que Juan Bautista; otros, que Elías o cualquier otro profeta. Después les pregunta por su opinión: “Y vosotros, ¿quién decís que soy?” Pedro, siempre tan impetuoso, le responde: “Tú eres el Mesías. “ También a mí me preguntas, Señor, quién eres para mí. Desde niño me han dicho que tú eres el Mesías, nuestro Salvador. Y ésta es la respuesta que me brota espontáneamente. Pero hoy me pregunto si, en verdad, lo eres para mí. Y he de confesar, Señor, -con rubor y dolor- que a veces he creído y confiado más en otros “salvadores”, en otros “mesías”, que en ti. Bien lo sabes tú, Señor. Perdóname. 2 Pedro con gran firmeza ha contestado que Jesús es el Mesías. Pero, cuando le oye decir que ha de padecer mucho, ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, morir y resucitar al tercer día, no lo puede soportar y pretende apartarte del camino que te lleva a ello: “Eso no puede sucederte a ti”. Para Pedro –contagiado de la mentalidad de su tiempo- el camino del Mesías debe ser de gloria, de poder y triunfos. Es también nuestra tentación muchas veces: enmendarle la plana a Dios. Intentar que se acomode a nuestra mentalidad o intereses, y ser cristiano, vivir el evangelio, pero sin exagerar, suavizándolo, limándole las aristas que hieren… A Pedro, Señor, lo apartas diciéndole: « ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!» ¿No me puedes decir a mí lo mismo, Señor? ¡Cuánto me cuesta asumir la mentalidad de Dios, y con qué facilidad me contagio de la mentalidad del mundo! Señor, ayúdame a doblar la cerviz ante tu voluntad y someterme a tu lógica… Es la única que lleva entrar en el Reino mesiánico, a la Resurrección. 3 Finalmente, Jesús muestra a los discípulos y a la gente el camino para irse contigo: cargar cada uno con su cruz y seguirte. Es el camino que vas a recorrer él. Jesús alcanza la gloria mesiánica a través de su pasión y muerte. Pierde la vida para ganarla. Y su discípulos, los que queremos seguirle y estar él, ¿cómo podremos recorrer otro camino? Es camino difícil, que repugna a nuestro egoísmo y orgullo y a nuestra tendencia a la vida cómoda y sin complicaciones. Pero tú, Señor, que nos lo mandas, nos ayudarás a recorrerlo. Ibn Arabi escribió que “el que ha quedado atrapado por esa enfermedad que se llama Jesús, no puede curarse.” Señor, que me contagiemos de esa enfermedad, que eres tú. Hazme experimentar tu amor. Entonces sí me iré contigo, aunque me asuste el camino.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
13/9/2026
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