
Juan Cánovas Mulero
«Fue Orfeo el hombre que estuvo a punto de vencer la fragilidad de la vida. Lo hizo a través de la belleza».
Pérez-Muelas. La Verdad, 16-VIII-2026.
Justo Millán Espinosa la buscó a través de una ferviente capacidad creativa.
En estos días en los que se nubla la mirada y se rompe el corazón ante el inmenso dolor en que nos hunde la tragedia ferroviaria y en la que la muerte asoma atroz, en su más feroz presencia, nos unimos, ante este paisaje de angustia, al sufrimiento de tantas familias que han visto quebrar las esperanzas, transmitiéndoles el abrazo de la solidaridad, queriendo asumir parte de ese desgarro para, si fuese posible, mitigar la angustia por la pérdida. Descansen en paz aquellos que, en busca de diferentes horizontes, segó la muerte sus destinos.
En la tradición funeraria de Totana, el enterramiento en los templos, principalmente en el de Santiago, pero también en el convento de san Buenaventura, al amparo de los franciscanos alcantarinos, fue una realidad que se mantuvo a lo largo de varios siglos, entre el último cuarto del siglo XVI y las primeras décadas del XIX.
Cuando, en 1812, se constituyó un primer espacio sagrado, extramuros de la población, para dar sepultura a los fallecidos, las duras condiciones económicas del momento no permitieron dedicar inversiones al embellecimiento del nuevo cementerio, el conocido como de Las Ramblicas, con lo que no se edificó capilla. Señala Munuera y Abadía que tan solo podría considerarse con tal función, un «local cubierto en que se enterraban a los sacerdotes y hermanos de San Pedro». Fue ya en 1878, cuando después de un largo debate sobre el mejor lugar para ubicar el camposanto, alejado del núcleo poblacional y evitando que los vientos dominantes pudiesen acercar las emanaciones de los cadáveres, se optó por adquirir un terreno, de dos fanegas de extensión, en el paraje de La Costera.
Una vez que el Ayuntamiento disponía de esta propiedad, el siguiente paso se encaminó a llevar a cabo la construcción. Un proceso que se dilató a lo largo de cuatro años, pues no sería hasta abril de 1882 cuando el entonces alcalde, el médico Antonio Camacho Mora, encargase el proyecto al arquitecto diocesano Justo Millán Espinosa. Una acertada decisión, pues se ponía la mirada en un profesional de consolidado prestigio, con importantes obras en la antigua diócesis de Cartagena.
Justo Millán planteó un escenario de tintes románticos, en donde la nostalgia se fusionase con lo ornamental, evitando lo macabro y recordando la fugacidad de la vida, el «tempus fugit». Un lenguaje historicista envuelve su propuesta, fundamentada en crear un espacio que fuese «poético descanso para el cuerpo lacerado y una dulce esperanza para el alma ardiente». En el trazado de ese trabajo recoge, de un modo expresivo, esos sentimientos, escribiendo: «Lo capital es disponer de tumbas, rejas, panteones, paseos, sepulturas, árboles, etc. de tal modo y en tales condiciones que manifiesten al ánimo, no lo que la muerte tiene de repugnante sino lo que el reposo eterno de los muertos encierra de sagrado y melancólico, a fin de que estas perspectivas lleguen al alma fatigada de la lucha y contrariedades de la vida, con la seguridad de tener después de la muerte un poético descanso para el cuerpo lacerado, y una dulce esperanza para el alma ardiente que contiene el impalpable y también imperecedero fuego del pensamiento».
Junto a este sentido de conexión con la naturaleza y defensa de un espacio de serenidad y reposo, diseñó una capilla que, ubicada en el centro del recinto, contribuiría a resaltar el sentido armónico del conjunto y su sacralidad, a la vez que irradiaría la seguridad de la fe a los que allí reposan y que, alentados por las palabras de san Pablo, aguardan la Resurrección en Cristo: «si hemos llegado a ser una misma cosa con él por una muerte semejante a la suya, también los seremos por una resurrección parecida».
Aunque el proyecto de Justo Millán se presentaba en esplendor y belleza, las dificultades financieras obligaron a simplificarlo.
A lo largo de su existencia la capilla ha vivido varios procesos de restauración. Sin embargo, en los últimos años revelaba deterioros en fachadas, aleros, tejados… que no ofrecían las condiciones de seguridad, por lo que este espacio ha estado acotado durante varios meses.
Las obras de restauración que se están acometiendo permitirán recuperar y fortalecer su estructura, a fin de ofrecerla en la belleza e identidad con que se ha conocido a lo largo de los años. De igual modo, es preciso devolver la prestancia y configuración de varios de los panteones que forman parte del patrimonio de la ciudad.
Cuidemos este espacio con el esmero con que lo hemos recibido a fin de conservar este emblemático lugar con la calidez con que se ha venido manteniendo a la largo de los años.




