En un mundo que parece girar cada vez más rápido, donde las listas de tareas y las notificaciones del móvil dictan el ritmo de nuestros días, encontrar un espacio de calma se ha convertido en una necesidad casi terapéutica.
A sus 29 años, Diego García Tudela ha convertido una práctica que descubrió siendo adolescente en un proyecto personal con vocación divulgativa. Lo que comenzó como una forma de gestionar el estrés durante el bachillerato se ha transformado, doce años después, en una disciplina que ahora comparte con otros a través de sus primeras clases en Totana y municipios cercanos.
Lejos de entender el yoga como una moda pasajera o una tendencia asociada únicamente al bienestar superficial, Diego lo define como una herramienta adaptable a cualquier estilo de vida, capaz de ofrecer beneficios tanto físicos como mentales en un contexto social cada vez más acelerado.
De un vídeo en casa a una práctica constante durante más de una década
El primer contacto de Diego con el yoga no se produjo en un estudio especializado ni en un entorno guiado, sino en su propia casa. Tenía 17 años y buscaba una forma de reducir la presión académica. Un vídeo de apenas 25 minutos fue suficiente para percibir un cambio. “No desaparecieron los exámenes, pero algo se ordenó”, explica.
Aquella experiencia inicial marcó el inicio de una práctica que se ha mantenido de forma constante a lo largo del tiempo. Durante estos doce años, el yoga ha acompañado distintas etapas de su vida, incluso periodos en los que residió fuera de España por motivos laborales. Siempre en paralelo a otras actividades físicas, nunca como sustituto, sino como complemento.
Con el paso del tiempo, lo que comenzó como una actividad puntual evolucionó hacia una herramienta más amplia. De un enfoque inicial centrado en el alivio físico —tensiones musculares o estrés— pasó a adquirir un peso mayor en la gestión mental, la toma de decisiones y el equilibrio personal.
Formación y primeros pasos como instructor
El salto hacia la enseñanza no fue inmediato. Diego optó por una incorporación progresiva, basada en la formación y en una idea clara: introducir el yoga en espacios donde no suele ser protagonista.
Realizó una formación de 200 horas en enseñanza de yoga y, posteriormente, completó una titulación en entrenamiento funcional. Esta combinación le permite desarrollar su actividad en gimnasios y centros deportivos, un entorno que eligió de forma deliberada.
Su objetivo es acercar el yoga a personas que, en condiciones normales, no acudirían a un centro especializado.
“Quería que alguien que va al gimnasio a hacer fuerza o cardio se encuentre también con una clase de yoga y decida probarla”, señala.
Desde marzo, imparte clases en Totana y ha realizado sesiones puntuales en localidades como Alhama de Murcia o Lorca. Su planteamiento es avanzar de forma gradual, sin asumir riesgos empresariales prematuros y consolidando primero la experiencia directa con alumnos.

Qué es el yoga: más allá de estiramientos y posturas
Aunque el yoga suele asociarse popularmente a estiramientos o ejercicios físicos, su definición es más amplia. En términos tradicionales, se entiende como la unión de cuerpo, mente y espíritu.
Sin embargo, Diego opta por trasladar esa definición a un lenguaje más accesible. Prefiere hablar del yoga como una herramienta práctica que cada persona puede adaptar a sus necesidades.
En este sentido, distingue tres grandes ámbitos de impacto:
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Físico: mejora de la movilidad, reducción de molestias musculares y aumento de la flexibilidad.
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Mental: capacidad para reducir el estrés, mejorar la concentración y gestionar mejor la toma de decisiones.
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Personal: incorporación de hábitos de autocuidado y mayor consciencia en el día a día.
La respiración ocupa un papel central en todos ellos. No es un elemento secundario, sino el eje que diferencia el yoga de otras disciplinas físicas. En función del tipo de práctica, puede ser pausada, sincronizada con el movimiento o sostenida durante posturas mantenidas.
Tres estilos principales en su práctica
Dentro de la diversidad de enfoques existentes, Diego trabaja principalmente con tres modalidades:
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Hatha yoga: centrado en posturas estáticas que permiten desarrollar fuerza, equilibrio y control corporal.
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Vinyasa yoga: de carácter dinámico, donde el movimiento se coordina con la respiración.
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Yoga restaurativo: orientado a la relajación profunda mediante posturas sostenidas durante varios minutos.
Cada uno responde a necesidades diferentes, aunque comparten la misma base: la atención consciente al cuerpo y a la respiración.
Romper prejuicios: flexibilidad, edad y ritmo de vida
Uno de los principales obstáculos que encuentra en su labor divulgativa es la percepción errónea sobre quién puede practicar yoga.
El más habitual es la falta de flexibilidad. Muchas personas consideran que no son aptas por no tener una base física previa. Frente a esto, Diego lo deja claro: la flexibilidad no es un requisito, sino una consecuencia.
Y tiene un ejemplo concreto para ilustrarlo. En una de sus primeras sesiones, una persona se acercó convencida de que no podría seguir la clase por falta de flexibilidad. Diego insistió. La persona lo intentó. Completó la secuencia. "Es el fiel reflejo de que a la mente y al cuerpo siempre les va a costar salir de la zona de confort. Pero poniendo actitud y ganas, a veces podemos conseguir muchas más cosas de las que pensamos."
También destaca la idea de que el yoga es incompatible con personas activas o con un ritmo de vida intenso. En su experiencia, ocurre lo contrario: quienes llevan un día a día más exigente suelen ser quienes más se benefician de la práctica.
En cuanto a la edad, insiste en que no existe límite. Desde adolescentes hasta personas de edad avanzada pueden practicar yoga, siempre que la actividad esté adaptada a sus condiciones físicas. De hecho, observa un crecimiento progresivo de personas mayores que se inician en esta disciplina, muchas veces por recomendación médica o fisioterapéutica.
El error más común al empezar
Si hay algo que Diego ve repetirse en casi todos los alumnos que se inician, es querer resultados inmediatos. "Los resultados vienen con la práctica diaria o semanal", explica, "y esto es ir a contracorriente de cómo funciona todo hoy en día. Lo tenemos todo, o casi todo, a un golpe de clic." El yoga opera en otra escala de tiempo: no ofrece transformaciones instantáneas, sino acumulaciones graduales que solo se perciben mirando atrás.
El verdadero impacto: fuera de la clase
Uno de los aspectos que Diego considera más relevantes es que los beneficios del yoga no se limitan al tiempo de práctica. “La clase es solo el punto de partida”, explica.
El impacto real se produce después: en la forma de afrontar el trabajo, en la toma de decisiones o en la gestión del estrés diario. Es ese cambio fuera de la esterilla lo que motiva a las personas a continuar.
La señal más clara de ese cambio no es una postura nueva ni un músculo más flexible. "Hay algo común a todos", dice Diego: una mayor presencia en el día a día. "Ser más conscientes del momento en el que estamos. En pocas palabras, tener una mayor claridad mental y física, que no es poco."
Además, defiende que el yoga no requiere necesariamente una clase estructurada. Pequeñas acciones cotidianas, como dedicar unos minutos a la respiración consciente o desconectar brevemente del entorno digital, ya forman parte de esta práctica.
Una respuesta al ritmo acelerado y la hiperconectividad
En un contexto marcado por la sobreexposición a estímulos, notificaciones constantes y falta de pausas reales, el yoga se presenta como un espacio de desconexión.
Uno de los mayores retos para quienes comienzan no es la exigencia física, sino la dificultad de permanecer durante una hora sin el teléfono móvil. Para Diego, ese momento de desconexión es precisamente uno de los principales beneficios.
“La dificultad no está en las posturas, sino en parar”, resume.

El sonido también importa: la música en clase
Hay un elemento que Diego cuida especialmente: el sonido. "El sonido y el ruido externo en una clase de yoga son fundamentales", afirma. "Soy consciente de que la música influye positivamente en nuestro cuerpo y nuestra mente." Suele recurrir a música tradicional de yoga, pero también incorpora sonido ambiental, y en las sesiones híbridas de fitness y yoga no descarta la música comercial. "Es muy divertido", dice.Clases personalizadas y gestión del grupo
En su experiencia como instructor, uno de los retos más complejos es adaptar la clase a la diversidad del grupo. Cada persona llega con un contexto diferente: cansancio, lesiones, estrés o simplemente un día complicado.
Por ello, prioriza grupos reducidos, en torno a seis u ocho personas, que le permiten ofrecer una atención más personalizada. Aun así, cuando trabaja con grupos más amplios, mantiene el objetivo de adaptar la práctica a las necesidades individuales.
Antes de cada sesión, pregunta por el estado físico y emocional de los asistentes para ajustar la intensidad y el enfoque de la clase.
Un proyecto local con proyección gradual
Aunque su actividad acaba de comenzar, Diego tiene claro que su prioridad es consolidar el proyecto a nivel local. Su enfoque combina la enseñanza con la divulgación, buscando que más personas conozcan el yoga sin prejuicios.
El camino inmediato, sin embargo, incluye un paréntesis obligado. Diego afronta a corto plazo un parón por razones médicas, aunque matiza que no es nada grave. Su intención es retomar las clases en septiembre, de forma semanal en centros deportivos de Totana y quizás en algún espacio más.
A medio plazo, su objetivo es seguir divulgando el yoga a nivel regional mientras compagina la actividad con su trabajo actual. Una ecuación que él mismo reconoce con lucidez: "Soy consciente de que ambas cosas me ocupan el suficiente tiempo como para en algún momento tener que decidirme por una." Por ahora, tomará decisiones conforme las circunstancias se vayan dando.
Más adelante, no descarta viajar a países como India o Nepal, considerados el origen de esta disciplina, aunque lo sitúa como un objetivo futuro todavía abierto.

Un consejo sencillo para empezar
Para quienes dudan en iniciarse, su recomendación es directa y sin adornos: "Simplemente que lo pruebe y que saque sus propias conclusiones en este momento de su vida."
La primera clase puede resultar extraña, ya que implica movimientos y dinámicas poco habituales. Sin embargo, insiste en que lo importante es repetir una segunda vez y observar las sensaciones.
“No hay resultados inmediatos ni objetivos cerrados. Cada persona encuentra lo que necesita en su momento”, concluye.
Dónde encontrarle y por qué “DFY”
Diego García Tudela también comparte su actividad a través de redes sociales, donde publica su calendario mensual de clases y responde dudas relacionadas con la práctica, especialmente en casos de lesiones o limitaciones físicas. Puede encontrarse en Instagram y TikTok bajo el nombre @dfydiego.
Las siglas no son casuales. “DFY” responde a una idea clara de su proyecto: D de Diego, F de fitness —en referencia al entorno deportivo donde ha decidido comenzar— e Y vinculada al yoga, como tercer pilar de una propuesta que busca integrar movimiento, salud y bienestar en el día a día.




