
A veces, en medio de las prisas y del ruido digital que marca nuestro día a día, necesitamos hacer un alto en el camino. Es necesario volver la vista atrás para reconocer esos hitos que, de manera silenciosa pero firme, nos definen como comunidad.
La celebración de San Marcos en Totana es, precisamente, uno de esos momentos: un ejercicio de memoria colectiva, un reencuentro con la tierra y una lección pedagógica sobre cómo un pueblo es capaz de custodiar su esencia a través de los siglos.
Como docente, observo con esperanza cómo esta festividad sigue convocando a jóvenes y mayores en nuestros parajes naturales. Es un recordatorio de que la verdadera red social no se teje en una pantalla, sino de forma presencial, entre el aroma del romero y el sabor de nuestra gastronomía más auténtica.
1.- La advocación de San Marcos y su vinculación popular con la tierra.
Cada 25 de abril, la liturgia cristiana celebra a San Marcos Evangelista, autor del segundo Evangelio. Aunque su figura no está vinculada de manera doctrinal directa a la protección de los campos y las cosechas, en numerosas tradiciones populares del ámbito rural, se le ha invocado como protector frente a tormentas, plagas y adversidades naturales.
En Totana, esta efeméride ha trascendido lo litúrgico para convertirse en una jornada de comunión con la naturaleza. Coincide, además, con un momento clave del calendario agrícola: la primavera avanzada, cuando las cosechas comienzan a desarrollarse y persiste cierta incertidumbre ante los elementos.
Así, más allá de su dimensión religiosa, San Marcos simboliza para el pueblo totanero una renovación del vínculo con la tierra. El acto de “salir a Sanmarquear” se convierte en un ritual colectivo donde se entrelazan tradición, convivencia y disfrute del entorno natural. Es, en definitiva, una forma de celebrar nuestras raíces agrícolas y de reafirmar una identidad profundamente ligada al paisaje.
2.- El Garabazo y el simbolismo del huevo.
Aunque el origen exacto del término "garabazo" no está del todo claro, su raíz podría estar en el pasado medieval -y esto lo planteo como hipótesis-, en la confluencia de tres cauces: el concepto de regalo a un ser querido (munus), el inicio del ciclo agrícola que marca San Marcos y el júbilo de la Pascua.
Con frecuencia se ha relacionado el "garabazo" con la "mona" de Pascua. Si bien ambos podrían compartir la etimología latina munus -referida a esa pasta de pan, azúcar y huevo que se ofrecía como obsequio o presente-, en Totana el garabazo ha adquirido una personalidad propia, una "denominación de origen" sentimental que lo distingue de cualquier otra elaboración.
Antaño, estas tortas se elaboraban en el ámbito doméstico, amasadas artesanalmente por las manos de madres y abuelas, una tradición que hoy convive armoniosamente con el saber hacer de nuestras panaderías y confiterías locales.
El elemento más significativo del garabazo es, sin duda, el huevo duro, un elemento que actúa como un destacado nexo simbólico con la Pascua. Desde la antigüedad, el huevo ha representado la fertilidad, la esperanza y el renacer; una carga metafórica que el cristianismo adoptó para simbolizar la Resurrección.
Esta tradición tiene también una base histórica y normativa muy destacada. Conforme se fue consolidando la Cuaresma tras el fin de las persecuciones romanas, a partir del siglo IV dC, se fue configurando un periodo de abstinencia en el que se evitaba no solo la carne, sino también el consumo de huevos. Durante esos cuarenta días de rigor penitencial, las despensas totaneras acumulaban una gran cantidad de este alimento.
Para evitar que se estropeasen, se cocían y, en los ratos de ocio doméstico, se decoraban o pintaban, diferenciando así los antiguos de los recientes. Dado que los niños estaban exentos de las normas de ayuno, se convirtió en costumbre regalarles estos huevos, lo que podría estar en el origen de una tradición que, en nuestra tierra, acabaría adquiriendo una especial relevancia el 25 de abril.
3.- Valores que perduran: El legado en la familia y el aula.
La festividad de San Marcos desempeña una función cardinal de cohesión social. Tal como señalan los principios del patrimonio cultural inmaterial, la salvaguarda de estas costumbres es un imperativo cívico.
Al entregar un garabazo a un niño, no estamos ofreciendo solo una torta con un huevo; estamos haciendo entrega de un testigo generacional, una herencia invisible pero poderosa.
Como totanero y como docente tengo muy claro que el conocimiento de nuestras raíces es el único cimiento sobre el cual los jóvenes pueden edificar su futuro.
San Marcos nos imparte cuatro lecciones magistrales que todos debemos conocer y poner en práctica:
- Conciencia Ecológica: El respeto reverencial por nuestros parajes.
- Gratitud: El reconocimiento por los frutos que nos brinda la tierra.
- Convivencia: En un mundo sitiado por pantallas, el garabazo se comparte mirando a los ojos del otro.
- Identidad y Legado: El valor de custodiar nuestra herencia; porque recibir un garabazo es aceptar un compromiso con la memoria de Totana.
Para concluir…
El Sanmarqueo y el garabazo no son vestigios de un tiempo pretérito, sino una tradición vibrante que late en el pulso de Totana. Es una invitación a suspender la prisa, a degustar la sencillez y a reconocer que la verdadera riqueza de un pueblo reside en esos gestos mínimos que han sobrevivido a crisis y modas sociales.
Cada 25 de abril, al ir a Sanmarquear, estamos superando también el muro del olvido. Sigamos custodiando nuestro patrimonio; porque un pueblo que olvida sus tradiciones, corre el riesgo de perder una parte esencial de sí mismo.
¡Feliz Sanmaqueo a todos los totaneros!




