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En el 70 aniversario de la muerte de Juan Cuadrado, impulsor de la arqueología en Totana

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En el 70 aniversario de la muerte de Juan Cuadrado, impulsor de la arqueología en Totana

El 18 de junio de 1952 fallecía de un ictus en el puerto de la ciudad de Almería el ilustre arqueólogo Juan Cuadrado Ruiz. Tenía solamente 66 años de edad, y desde allí fue trasladado a su pueblo natal, Vera, donde fue enterrado.

Almería fue la ciudad donde desarrolló su labor docente como profesor de dibujo en la Escuela de Artes y Oficios, y sobre todo como fundador y director del Museo Arqueológico de esta ciudad, donde estuvo al cargo desde 1933 hasta su muerte en 1952. Estos hechos marcaron, sin lugar a dudas, su trayectoria vital e intelectual. Desde muy joven lo trasladaron a estudiar a Valencia donde demostró sus habilidades para el dibujo y la pintura, y fue alumno del afamado pintor Joaquín Sorolla; en esa época llegó también a conocer a otros artistas y poetas como Santiago Rusiñol. El contacto con ese mundo artístico de Valencia hizo que no acabara la carrera de derecho y le marcó el carácter vital, curioso y creativo que tuvo de por vida. De hecho, sus inquietudes intelectuales fueron siempre muy amplias y diversas, y se materializaron en polifacéticas actividades, que abarcaron desde la búsqueda arqueológica, el periodismo, el dibujo a plumilla realista, y hasta trabajó como locutor radiofónico, realizador de cine documental (tenía uno sobre el pueblo de Totana, que está desaparecido) o incluso de cronista taurino.

Precisamente en la época convulsa que le tocó vivir de la Segunda República y la postguerra fue un gran impulsor y promotor cultural en la ciudad de Almería, no solo tejiendo y articulando unas infraestructuras culturales incipientes, como la puesta en marcha del Museo Arqueológico, sino promocionando tertulias en las que se hablaba de poesía, especialmente la de su amigo Sotomayor, que divulgaba el patrimonio prehistórico de la provincia a los estudiantes de postguerra y agitaba el movimiento cultural Indaliano que, junto con otros artistas como Jesús de Perceval, tuvo tanta trascendencia en las vanguardias artísticas de postguerra. Este movimiento artístico instituyó, más adelante, la figura del Indalo (esquemática figura humana con un arco sobre la cabeza) como símbolo de la provincia de Almería, inspirada directamente en los dibujos rupestres aparecidos en La Cueva de Los Letreros de Vélez Blanco.

Aunque su vida transcurría en Almería, también alternaba estancias en Totana, a la que quedó vinculado desde que en 1921 se casó con la totanera Juana Cánovas Martínez y tuvieron tres hijos. De hecho, durante el tiempo que duró la Guerra Civil estuvo viviendo allí. Para Juan Cuadrado, Totana significó un salto cualitativo en su pasión por la arqueología. Su interés venía de lejos, pero su práctica más científica y sistemática se vio estimulada y promovida al conocer a quien consideraba su maestro y amigo, el gran ingeniero belga Luis Siret, en 1917, y al que llevó a visitar La Bastida. Totana era pues un territorio extraordinario para cultivar su gran afición por el conocimiento de la prehistoria, ya que era muy rica en yacimientos de la época neolítica, calcolítica y, sobre todo, de la Edad del Bronce.

Nos lo podemos imaginar con su bastón de excavador, su porte elegante de hombre antiguo y su pequeño bigotillo que sellaba su mirada risueña y amable, andorreando por cabezos, sierras, cuevas, simas y ramblas del municipio en busca de indicios en los que encontrar sus preciados tesoros. Fue el descubridor de numerosos yacimientos en Totana como Los Blanquizales de Lébor, el cerro y cuevas del Barranco de los Carboneros, Cabezo de Juan Clímaco del período calcolítico, Los Mortolitos, La Cueva de la Moneda, La Charca de periodos paleolíticos, Los Picarios, La Cabeza Gorda, El Morrón Largo del período argariense, el poblado ibérico de La Majadilla Alta o El Antiguarejo con sus vestigios romanos, por poner solo algunos ejemplos.

Sin lugar a dudas, Juan Cuadrado poseía un olfato muy fino y una habilidad natural para el trabajo de arqueólogo de campo. Sin embargo, su fuerte no era el método y el rigor científico, de hecho su formación responde más a un interés autodidacta que una verdadera formación arqueológica. Esto se nota en su escasa obra publicada: no dejó ningún libro, pero sí una variada producción de textos que fueron apareciendo en revistas especializadas o periódicos de la época. De entre estos textos, hay dos que sobresalen por su relación con Totana. Uno de ellos, el artículo que apareció en el Archivo Español de Arte y Arqueología, donde dio a conocer en primicia el yacimiento eneolítico de Los Blanquizales de Lébor (1930). La fotografía de su emblemática hacha enmangada aparece por primera vez en ese artículo, y llegó a convertirse en una verdadera imagen icónica de la prehistoria en España. Esta hacha se conserva actualmente en el Museo Arqueológico de Almería, como casi todos los materiales arqueológicos que fue recopilando de nuestro municipio. El otro de los textos, que goza de una gran proyección internacional, pues fue primeramente publicado en francés en el Boletín de la Sociedad Prehistórica Francesa en 1931, fue Las Falsificaciones de Objetos Prehistóricos en Totana, y posteriormente publicado en español en 1945. Esta obra es una especie de crónica, magistralmente narrada, de las desventuras de dos gitanos, el Corro y el Rosao, en su intento de vender piezas arqueológicas falsas a coleccionistas, museos o instituciones públicas. El retrato que traza en la obra de estos falsificadores profesionales es de una especie de sainete cómico al más puro estilo picaresco.

En definitiva, Juan Cuadro Ruiz se ha convertido con el paso de los años en una figura poliédrica, atractiva y sugerente. Es un experto contador y recopilador de historias, historias que habitaban detrás de cada objeto encontrado y relatado desde su pequeño museo personal, íntimo y vital, que nos hubiese gustado visitar de su mano.

Jesús López Cabrera

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