Domingo 20º del Tiempo Ordinario (B)-

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 20º del Tiempo Ordinario (B)-
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente:- «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.» Disputaban los judíos entre sí: - «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Entonces Jesús les dijo:- «Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre.» (Juan 6,51-58).

1.      Jesús les ha dicho que el pan que va a darles es “su carne para la vida del mundo”. Y los judíos se escandalizan y no quieren creer: - «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Duros de corazón eran aquéllos, pero duros lo somos también nosotros. Si lo que Jesús nos dice en el evangelio no cabe en nuestra pequeña cabeza no lo queremos aceptar. Y entonces pedimos explicaciones, y lo rebajamos y empequeñecemos hasta hacernos un evangelio, una religión y un Dios a la medida, no de nuestra cabeza, sino de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, de nuestro miedo a comprometernos. Y después resulta que nos “tragamos” sin ningún reparo lo que cualquier propaganda o teoría o moda nos ofrece. ¿Hasta cuándo, Señor, seremos así? ¿Hasta cuándo temeremos fiarnos de ti? Conviértenos, Señor, conviértenos, que si tú no nos conviertes…

2.      “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día”. Jesús nos dice que sólo el que coma su carne y beba su sangre tendrá vida en él. Sólo él puede hacernos vivir la vida  de Dios.  En la eucaristía el Señor nos entrega su Carne y su Sangre para que tengamos su vida en nosotros. ¡Qué gran bondad, Señor, la tuya! Tomas la forma humilde del alimento material -pan y vino- para unirnos íntimamente a ti y darnos vida, ¡tu misma vida!, de modo que seamos una sola cosa contigo, y se sacie nuestra hambre radical -el hambre de Dios-,  que tan profundamente sentimos. Gracias, Señor, por tanto amor. Gracias por el regalo maravilloso de la eucaristía, regalo que sólo a un loco de amor se le podía ocurrir. Señor, que vivamos de acuerdo contigo; que tu vida se manifieste pujante en los que participamos de la eucaristía.

3.      Cada domingo –y algunos cada día- acudimos a la misa para acrecentar la vida de Dios. Porque, como toda vida, la vida de Dios en nosotros necesita ser alimentada. Por eso Jesús se nos dé como alimento. A la gente que le buscaba porque les ha-bía dado de comer, multiplicando los panes y los peces, Jesús les dice: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. En la Eucaristía Jesús se hace presente no sólo para estar con nosotros, sino para dársenos él mismo como alimento y hacer posible el encuentro personal de cada uno de nosotros con él. Un encuentro transformador, que nos transformarnos en él: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.” El Señor se nos da para hacer posible que le vivamos, que vivamos en comunión con de vida con él y vivamos como él vivió: partiéndonos y repartiéndonos nosotros mismos y lo nuestro con los hermanos… ¡Qué distinta  sería nuestra vida, si viviéramos lo que significa la Eucaristía en la que tantas veces participamos! Señor, que la eucaristía no se quede en una devoción más, a la que acudo cuando me apetece, ni en el mero cumplimiento de un mandamiento de la Iglesia;  que sea para mí una necesidad, para poder vivir como cristiano. Concédeme, Señor, la gracia de acudir a celebrarla con el deseo profundo de ser transformado en ti. 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

16/08/2015


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