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1 de noviembre – Todos los Santos

Paso la palabra. Para meditar cada día
1 de noviembre – Todos los Santos
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello del Dios vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar a la tierra y al mar, diciéndoles: «No dañéis a la tierra ni al mar ni a los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.» Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: «¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero!»…Y uno de los ancianos me dijo: «Ésos que están vestidos con vestiduras blancas, ¿quiénes son y de dónde han venido?» Yo le respondí: «Señor mío, tú lo sabrás.» Él me respondió: «Éstos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero.»  ( Ap 7,2-4.9-14).

Al ver Jesús a las multitudes, subió al monte; se sentó y se le acercaron sus discípulos; y abriendo su boca les enseñaba diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los que lloran, porque serán consolados. Bienaventurados los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque quedarán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios. Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque suyo es el Reino de los Cielos. Bienaventurados cuando os injurien, os persigan y, mintiendo, digan contra vosotros todo tipo de maldad por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo. (Mt 5, 1-12a ).

1.      En el evangelio de hoy, ¡con qué insistencia repite el Señor ese “Bienaventurados”! Como si se le escapara, a borbotones, su gran deseo de que seamos felices y dichosos para siempre. ¡Y qué lenguaje tan distinto al del mundo! El mundo habla de que la felicidad nos viene por el camino del “tener”: tener riquezas, tener éxitos, tener comodidades, tener fama, tener goces materiales, etc. El Señor, en cambio, señala el camino del “ser”: ser desprendidos, ser de corazón limpio y sencillo para amar a los demás sin egoísmos interesados; ser pacientes ante las incomprensiones por seguirle a él y vivir su evangelio; ser pacíficos y buscar y vivir la paz, cuando lo que apetece a nuestro orgullo es acudir a la violencia y golpear con la misma vara que nos han golpeado... Entre estos dos caminos tenemos que elegir: o buscar la pequeña y pasajera felicidad del mundo gozando desenfrenadamente de los bienes materiales, sin pensar en los demás, o amar y servir a los demás, estar cerca del que sufre, luchar por la justicia, y aceptar el sufrimiento que ello nos pueda causar, buscando una dicha más honda, que comienza aquí, pero alcanza su plenitud en el encuentro final con el Señor y los hermanos en la casa del Padre.  Señor, ilumíname, para que no equivoque la elección.

2.      Hoy, en la fiesta de Todos los Santos, el Apocalipsis nos habla de “una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos”(1ª lect.) Son los que han triunfado, los “dichosos”, porque han caminado por el camino del Señor. Como diciéndonos que las bienaventuranzas no son el sueño imposible de un visionario: los santos y santas no son más que hombres y mujeres, como nosotros, en los que se hicieron vida las Bienaventuranzas. ¿Cómo sabríamos que, efectivamente, un pobre puede ser dichoso hasta el no va más, si no viéramos a Francisco, el “Poverello” de Asís y tantos otros que, renunciando a sus bienes, han vivido gozosos y felices teniendo a Dios como su único tesoro? ¿Cómo sabríamos que una persona mansa y pacífica puede ser dichosa y feliz,  si no lo viéramos en el manso y humilde Martín de Porres y otros? ¿Cómo sabríamos que la misericordia, el servicio, la  entrega pueden llenar de alegría el corazón, si no viéramos la perenne sonrisa de la Madre Teresa de Calcuta? Y así podríamos ir recorriendo cada uno de los caminos que, según nos dice el Señor, son caminos de felicidad y dicha.

3.      Bien sabemos que el ideal generoso que nos propone el Señor supera nuestras débiles fuerzas.  Pero ¿quiénes son los santos sino personas a las que Dios ha hecho felices en medio de su debilidad y de su indigencia? Por eso, hoy, mirando a nuestros hermanos los santos, no podemos dudar que nada nos va a ser imposible. Como S. Agustín se decía a sí mismo: "Si éste y ésta sí, ¿por qué yo no...?" Y, sobre todo, Señor, experimento que se aviva en mí la confianza de que mis fallos,  infidelidades y pecados encontrarán el perdón en tu corazón de Padre. Paul Tillich decía: "Santo es un pecador de quien Dios ha tenido misericordia". Y, Señor, ¿no vas a tener misericordia de mí que soy tan pecador?  Santa María, Madre nuestra y Reina de todos los santos, hoy me pongo en tus manos. Guíame por el camino que Jesús nos propone hasta llegar a la bienaventuranza eterna en la casa del Padre. Y si tropiezo, ven en mi ayuda y, como madre buena,  levántame. 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

01/11/2013


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