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La Asunción de la Virgen María

Paso la palabra. Para meditar cada día
La Asunción de la Virgen María
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquellos días, Maria se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de Maria, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito: -« ¡ Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.» María dijo: -«Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo habla prometido a nuestros padres - en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.» María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió. (Lucas 1, 39-56).                        

1.     La Asunción es la fiesta de la plenitud de María, la llegada a la meta. Celebramos que María ha entrado en la gloria,  no sólo en espíritu, sino toda ella, en cuerpo y alma, como primicia –después de Cristo- de la resurrección futura. Su camino lo comenzó con el “sí” que dijo a Dios cuando la Anunciación. Desde ese momento, María ha ido caminando, de “sí” en “sí,” sólo alumbrada por la fe, hasta este momento que celebramos hoy de ser llevada, en cuerpo y alma, a la casa del Padre. Hoy, Madre, viéndote entrar gloriosa en el cielo, se me llena el corazón de gozo y alegría. Porque eres glorificada tú; pero también, porque en tu Asunción veo lo que el Señor quiere hacer en mí y en todos los que creemos en Jesús, si somos fieles al Señor. Madre, Reina asunta al cielo, ruega por nosotros, que aún peregrinamos por este mundo.

2.      En el evangelio de hoy vemos, en resumen, lo que fue la vida de María: disponibilidad, entrega, servicio. Después del anuncio sorprendente y gozoso del ángel              -recibido en la Anunciación-, María no se queda en casa, saboreando, diríamos, el gozo de su elección para Madre del Mesías. Apenas la deja el ángel, marcha a la montaña para ponerse a disposición de Isabel -que ha concebido un hijo también- y que, por su avanzada edad, podía necesitar ayuda de ella. ¡Qué maravilloso ejemplo de humildad y servicio! Ella es “la-llena-de-gracia”, la Madre del Señor; pero no espera ser servida, sino que se apresura a servir a la que es menos que ella, a la madre del Precursor. ¡Cómo necesito aprender de ti, Madre! ¡Cuánto me cuesta  “hacerme menos” que los demás y servidor de ellos! Que me reconozcan méritos y me sirvan, sí; pero abajarme, ponerme un escalón más bajo y servir a los otros... ¡cómo se resisten ese orgullo y esa soberbia y comodidad, que se agazapan en mi corazón detrás de no sé qué razones! Ruega por mí, Madre, para que pierda el miedo a abajarme y servir a los demás.

3.      Isabel, cuando escucha el saludo de María, la alaba: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.” Pero María tiene muy claro  que todo en ella es gracia del Señor, no mérito suyo. Por eso de su corazón humilde brota, como surtidor incontenible de alabanza y gratitud, el “Magnificat”: “Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí.” Sí, porque el Señor ha mirado con bondad a la humilde esclava del Señor, ella será bendecida y alabada por todas las generaciones: “¿Qué criatura humana –dice Benedicto XVI- ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto, qué nombre ha aflorado con más frecuencia que el suyo en labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura, después de Cristo, han elevado los hombres más oraciones, más himnos, más catedrales? «Todas las generaciones me llamarán bienaventurada», dijo de sí María en su cántico; y ahí están veinte siglos para demostrar que se cumple su profecía.” María, Madre, también yo sé que todo lo que hay en mí es gracia y misericordia del Señor. Pero ¡qué pocas veces le doy gracias! Pide al Señor, Madre, que me dé un corazón humilde y agradecido como el tuyo. 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

15/08/2012


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