6 agosto – Transfiguración del Señor (C)

Paso la palabra. Para meditar cada día
6 agosto – Transfiguración del Señor (C)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro., a Juan y a Santiago y subió a lo alto de la montaña, para orar. Y mientras oraba,  el aspecto de su rostro cambió, sus vestidos brillaban de blancos. De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusalén.  Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y, espabilándose, vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él. Mientras éstos se alejaban, dijo Pedro  Jesús: “Maestro, qué bien se está aquí. Haremos  tres tiendas : una para ti, otra para Moisés y otras para Elías.” No sabía lo que se decía. Todavía estaba hablando, cuando llegó una nueve que los cubrió. Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía: “Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.” Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio, y, por el momento, no contaron a nadie de lo que habían visto. (Lucas 9,28b-36)

1. Nuestra vida cristiana, desde el bautismo, es un misterio de transfiguración: despojarnos de la criatura vieja de pecado, es decir, vaciarnos de egoísmo, envidia, injusticia, insolidaridad, etc., y transformarnos en Cristo para vivir su misma vida de amor, de entrega, de comprensión, etc. Lo que ocurre es que somos tan bobos que nos fijamos sólo en la primera parte, en el vaciaros, en la renuncia. Y entonces el ser cristiano se nos convierte en carga pesada. Es como si el atleta sólo pensara en los entrenamientos, en las renuncias que tiene que hacer y se olvidara  del para qué todo eso: el triunfo, los trofeos.  Ilumínanos, Señor. Que no perdamos de vista adónde nos lleva tu seguimiento: a transfigurarnos en criaturas nuevas. Entonces seguirte, Señor, será para nosotros gozo y alegría.

2. En el evangelio de hoy vemos que Jesús sube al monte con Pedro, Santiago y Juan y allí se transfigura delante de ellos. Días antes, les había hablado de que iba a morir a manos de sus enemigos. Y ellos, que le habían seguido con entusiasmo,  al ver que las cosas se estaban complicando, entran en crisis y empiezan a desanimarse. Y entonces Jesús en la transfiguración descorre el velo que oculta la gloria de su divinidad y los reanima. Es como si les dijera: mirad adónde voy y a adónde vais los que me seguís. Detrás de la cruz y de la muerte está la gloria. ¿No vale la pena continuar? Ellos siguieron adelante y vivieron con él su triunfo sobre el dolor y la muerte en la Resurrección. Señor,  cuando me resulte duro seguirte, recuérdamelo; aviva en mí la esperanza con el recuerdo de la meta. Que mirándola, sé que seguiré adelante, con corazón contento y esperanzado.

3. Sobre el monte el Padre da testimonio del Hijo: -«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.»  En nuestro caminar con Jesús necesitamos retirarnos también a la montaña de vez en cuando,  para orar y ponernos a la escucha del Padre. Se dice que la gente ha olvidado escuchar. Sobre todo,  pienso, que hemos olvidado escuchar a Dios. De ahí el desconcierto de muchas vidas. Dios y Padre nuestro, que de vez en cuando dejemos de lado tanto ruido de cosas, trabajos y preocupaciones y hagamos silencio para escucharte. No siempre vamos a tener la experiencia de gozo de los discípulos. Pero en el fondo de nuestro corazón siempre resonará tu voz,  que nos animará, como en el Tabor: -«Éste es mi Hijo amado; escuchadlo.» ¿Busco esos momentos de silencio para escuchar al Padre? 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

06/08/2010


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