Domingo 15º del Tiempo Ordinario (C)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna? Él le dijo: ¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella? El letrado contestó: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo. Él le dijo: Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida. Pero el letrado, queriendo aparecer como justo, preguntó a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo? Jesús dijo: Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje, llegó donde estaba él y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta. ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El letrado contestó: El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: Anda, haz tú lo mismo. ( Lucas 10,25-37). 1. La respuesta que da el letrado es la que seguro daríamos nosotros. Lo sabemos desde niños: para heredar la vida eterna hemos de amar a Dios y amar al prójimo como a nosotros mismos. Amar a Dios con todo nuestro ser, lo primero. Es decir, cumplir su voluntad en todo, querer siempre y en todo lo que Dios quiere. Lo que decía san Alfonso María de Liborio: «Si queremos agradar enteramente el corazón de Dios, hemos de procurar no solamente conformarnos en todo a su santa voluntad; más aún, hemos de uniformarnos a esa voluntad, si se me permite hablar así. La palabra «conformar» quiere decir que nosotros unimos nuestra voluntad a la de Dios, pero «uniformar» significa más, que de dos voluntades hacemos una, de tal manera que solamente queremos lo que Dios quiere, que solamente permanece la voluntad de Dios y que ella es la nuestra» Por eso, Señor, he de preguntarte constantemente: En esta circunstancia ¿qué quieres tú, Señor? ¿Cómo quieres que me comporte en este aquí y ahora? Si te lo preguntara y escuchara tu respuesta, tal vez mi vida caminaría, Señor, por otros caminos. 2. Lo segundo, amar al prójimo como a nosotros mismos. Pero ¿quién es mi prójimo? -preguntó el letrado- . ¿Es sólo el que es de la familia, el israelita, el que profesa la religión judía..., o lo es también el extranjero, el no judío, el enemigo? Jesús responde con esta parábola entrañable. En ella aparecen dos judíos, dos personas oficialmente buenas, religiosas, -un sacerdote y un levita- que ven al malherido, pero pasan de largo, no se “aproximan” a él: no lo tienen como prójimo. Y aparece un samaritano, que es tenido como hereje por los judíos y es despreciado por ellos, que no pasa de largo, sino que se aproxima al malherido, que lo tiene como prójimo, y hace todo lo posible por sacarlo de la situación de sufrimiento en la que está. Al final, Jesús pregunta: “¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos? El letrado contestó: El que practicó la misericordia con él. Díjole Jesús: Anda, haz tú lo mismo”. Y eso es lo que escucho que me dices hoy, Señor: anda y haz tú lo mismo. Es decir, no pases de largo ante el que sufre, aproxímate a él y arráncalo del sufrimiento. Se llame como se llame, sea de la nación o raza que sea, te sea simpático o antipático... Mira sólo que está necesitado y ámalo. 3. Amar al prójimo es esto. Y todos son nuestros prójimos. Todos deben ser amados. Este el “mandamiento regio”, que dice Santiago (2, 8). Esto es lo que hay que hacer para heredar la vida eterna, para ser cristiano. El amor a Dios no basta. El amor al hermano es el que da testimonio de que nuestro amor a Dios no es engañoso. Es lo que hizo Jesús. Él fue “el-hombre-para-el-Padre”, pero a la vez fue “el-hombre-para-los-demás”. Por eso, nunca pasó de largo ante el que sufría... Que así obre yo, Señor. Que aprenda de ti a detenerme, sin prisas, ante quien está necesitado de ayuda. Que nunca olvide, Señor, lo que dice San Juan Crisóstomo: “Has de saber que cuando encuentras a tu hermano herido, has encontrado algo más que un tesoro: el poder cuidarle.”
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
11/07/2010
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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