Lunes 3ª semana de Adviento
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquellos días, Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El espíritu de Dios vino sobre él, y entonó sus versos: ¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Su rey es más alto que Agag, y su reino descuella.»«Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel.» Números 24, 2-7.15-17ª En aquel tiempo, Jesús entró en el templo. Mientras enseñaba se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo diciendo: «¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?». Jesús les respondió: «También yo os voy a preguntar una cosa; si me contestáis a ella, yo os diré a mi vez con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, nos dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’ Y si decimos: ‘De los hombres’, tenemos miedo a la gente, pues todos tienen a Juan por profeta». Respondieron, pues, a Jesús: «No sabemos». Y Él les replicó asimismo: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». (Mt 21,23-27). 1. Avanzado el Adviento, la liturgia nos presenta al profeta pagano Balaán. Por encargo del rey, éste se dispone a maldecir al pueblo de Israel, acampado en el desierto, camino de la Tierra Prometida. Pero el Espíritu de Dios se apodera de él y lo impulsa a bendecir al que pensaba maldecir, y a anunciar la aparición de una figura regia descendiente de Jacob, que dominará sobre muchos y numerosos pueblos: “Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel”. Desde siempre la Iglesia ha visto en este personaje al Mesías, que esperamos. En este “hoy” del Adviento, también el Espíritu invade nuestros corazones. ¿Qué nos dice? ¿Hacia dónde nos empuja? Señor, que agudicemos el oído y la mirada para descubrir los signos del Mesías que viene a nuestro encuentro y nos trae la salvación. 2. En el evangelio vemos la obstinación la de los sumos sacerdotes y ancianos. Después de la entrada triunfal en Jerusalén y la expulsión de los mercaderes del templo, preguntan a Jesús: “¿Con qué autoridad haces esto? ¿Y quién te ha dado tal autoridad?” En realidad no quieren saber, sólo buscan justificar su rechazo a Jesús. Piensan: si no sabemos en nombre de quién viene, ¿cómo vamos a creer en él y en lo que enseña y predica y dar por bueno lo que hace? Pero en realidad lo que hace que rechacen a Jesús son sus enseñanzas. Unas enseñanzas que rompen sus esquemas religiosos legalistas y desestabilizan su vida religiosa cómoda, y echa por tierra sus intereses. Le han escuchado. Han visto los milagros que hace, con los que muestra claramente que viene del Padre y hace las obras del Padre. Pero ellos siguen sin creer. Y es que, Señor, cuando queremos defender nuestros intereses frente a tus exigencias, ni los milagros nos convencen. Escribe Franz Werfel: “Quien cree en Dios no necesita milagros, y quien no cree en Dios ningún milagro le ayudará a creer.” Señor, ¡cómo me veo reflejado en estos jefes de tu tiempo! Escucho el evangelio, lo medito, oiga la predicación de los pastores, del Papa…, pero mi corazón sigue duro. Siempre encuentro alguna justificación para seguir en mi mediocridad, en mi tibieza espiritual, y no darte el sí que me estás pidiendo. 3. El Señor que escruta el corazón del hombre, conoce bien las torcidas intenciones de los que le preguntan. Y no responde. Desenmascara sus intenciones, peguntándoles a su vez: “El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?” Ellos confiesan que no lo saben. Y es que, en su obstinación, no quieren saber. Jesús les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto». ¿Para qué responder a quienes sabe que no buscan la verdad? Para aquéllos lo de menos era con qué autoridad obraba Jesús; sólo buscaban excusas para no creer ni aceptar su mensaje. Es lo que hago yo a veces. ¡Cuántas excusas me doy para justificar mi cerrazón! Pero la verdad es que me da miedo. Porque ¡cuánta cosas tendré que cambiar en mi vida si acepto el evangelio! Ahí están mi egoísmo, mi comodidad, mi pereza, mi tibieza, mi resistencia a entregarme a los demás… Pero eso no me lo digo, Señor. Pongo excusas para seguir igual. Señor, que sea sincero conmigo, contigo y con los demás. Que ni me engañe ni intente engañarte a ti y a los demás. En este Adviento, ¿a qué me estas invitando? Que vea claro, Señor. Que acepte, sin miedo, que tú seas el que dirijas mi vida.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
14/12/2009
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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