Domingo 34 del año – Jesucristo, Rey del Universo (B)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús- «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: -«¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? » Pilato replicó: -«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: -«Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: -«Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: - «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.» ( Juan 18, 33b-37)
El Evangelio de San Marcos que hemos venido meditando durante la mayoría de los domingos del ciclo B comenzó proclamando: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia.” Y durante el año, hemos visto que Jesús mostraba, con sus acciones, que la Buena Noticia de que el Reino de Dios ha llegado, que se le ha terminado el orden antiguo y ha comenzado un orden nuevo. Efectivamente, por donde pasaba lo hemos visto liberar a los que estaban atrapados por mal: sanaba a los enfermemos, perdonaba, reintegraba a la sociedad a los excluidos de ella, y llamaba a vivir la sinceridad del amor frente a la hipocresía de los fariseos y letrados. Hoy, en este domingo último del año litúrgico, la Iglesia nos invita a mirar a Cristo y contemplarlo y adorarlo como Dominador del mal. Y lo primero que debemos preguntarnos hoy es si, durante este año, hemos aceptado un poco más su Reinado y Señorío en nosotros, en nuestras familias, en nuestros ambientes… Si, durante este año, le hemos dejado ser un poco más nuestro Rey y Señor
Pero antes hemos de recordar cuál es el Reino de Dios que Cristo nos ha venido proclamando. Hubo un momento -cuando la multiplicación de los panes y los peces- , en que la gente quiso proclamarlo rey. Pero él huyó. No quería que pensaran que era un rey temporal y poderoso como ellos pensaban. Sin embargo, hoy, cuando Pilatos pregunta: ¿Conque tú eres rey?” Afirma rotundamente: “Tú lo dices: Soy rey.” Pero advierte: “Mi reino no es de este mundo.” Cristo no reina como los soberanos de este mundo injusto y explotador, que dominan y explotan y sojuzgan a sus súbditos. El no reina explotando, avasallando, haciéndose servir…, sino amando, haciéndose servidor, entregándose, hasta dar la vida por los suyos. Nosotros no seguimos, pues, a un Rey que manda y tiene poder, sino a un Rey que ama y se entrega por nosotros, cuya meta es constituirnos como familia de hermanos, en un reino de amor, de servicio, de paz y de justicia. Por eso, hoy sí acepta ser llamado rey, porque nadie puede interpretar su reinado como los de este mundo, como el rey triunfador que esperaban los judíos, sino como el rey más débil que nadie podía imaginar: un rey de burla, coronado de espinas y con una caña como cetro, condenado a morir en cruz… Por eso, habremos sido de su reino, durante este año, si hemos amado y servido y nos hemos entregado por amor, como Cristo. ¡Qué pena, Señor! Durante este año, he de reconocer que no siempre ha sido así. A veces ha reinado en mí el egoísmo, el orgullo, el deseo de dominar... Perdóname, Señor.
En el bautismo renunciamos a Satanás y a todas sus seducciones y le escogimos a él como nuestro Rey y Señor. Al concluir esta meditación, hoy renovemos aquella renuncia y aquella elección. Señor, ejerce tus derechos sobre mí. Quiero vivir –y hacer lo posible para que se viva en mi familia, en mi comunidad y en mis ambientes- tu Reino de amor y entrega. Pero me reconozco débil. Por eso, hoy te pido con toda la fuerza de mi corazón que “venga a nosotros tu reino.” Ayúdame a trabajar con ahínco para que estén cada vez más presentes en este mundo nuestro, que tanto lo necesita, los valores de tu reino: el amor, la justicia, la verdad, la vida, la paz, la fraternidad, el servicio y la entrega. Que, entre todos, construyamos un mundo en el se viva decididamente lo que tú viviste: el sí a Dios y el sí a nuestros hermanos los hombres.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
22/11/2009
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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