Viernes de la 26ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Jesús: "¡Ay de ti, Corozaín; ay de ti, Betsaida! Si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que se habrían convertido, vestidas de sayal y sentadas en la ceniza. Por eso el juicio les será más llevadero a Tiro y a Sidón que a vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿piensas escalar el cielo? Bajarás al infierno. Quien a vosotros os escucha a mí me escucha; quien a vosotros os rechaza a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí rechaza al que me ha enviado." (Lucas 10:13-16). 1. Hoy escuchamos cómo Jesús recrimina a las gentes de Corozaín y Betsaida y de Cafarnaúm, que no se hayan convertido, aunque han escuchado el anuncio del Reino de Dios y presenciado muchos milagros. Jesús les ha ofrecido la salvación, y los milagros que han visto pretendían manifestarles la voluntad de Dios y predisponerlos a la conversión. Ellos han escuchado y han visto, pero no han abierto el corazón a la ofertad de Jesús. Y ahí continúan en su incredulidad. "¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida!”, exclama sobre ellos. Y yo, escuchando ese “¡ay de ti!” dolorido que brota del corazón despreciado de Cristo, debo pensar en mí. Cada uno de nosotros somos Corozaín y Betsaida y Cafarnaúm. La ingratitud y dureza de corazón de aquellas gentes ¿no se alberga también en nuestros corazones? Como en aquellas ciudades, en las que Jesús ha desarrollado una intensa actividad y ha realizado muchos milagros, también sobre nosotros ha derramado abundantemente sus gracias. Y nosotros, desagradecidos, ¡cuántas veces hemos rechazado sus llamadas! Pero el amor del Señor es tan grande que no se has cansado aún de llamarnos. Señor Jesús, te pido que cese ya de resistir a tu amor. Que tu gracia, Señor, gane, definitivamente, la batalla que llevas peleando conmigo tantos años: Que te abra el corazón y me convierta a ti. 2. De aquellas gentes dice Jesús que si los de Tiro y Sidón -que era gente pagana- hubieran recibido la oferta de salvación que ellos habían recibido y hubieran visto lo que ellos han visto, se habrían convertido y hecho penitencia. Por eso, el juicio les será más llevadero a los de Tiro y Sidón que a ellos. Señor, cuando miro en torno a mí y veo cómo mucha gente sencilla, con apenas formación cristiana, vive y ama, me digo: “¿cómo habrían respondido a Dios estas personas, si hubiesen recibido las gracias que yo he recibido? ¡Qué vidas tan llenas de amor serían seguramente, Señor! Y, sin embargo, ha sido a mí a quien has llamado y llenado de favores! ¡Qué misterio de amor, Señor, el tuyo! Que tu Espíritu enternezca y ablande este corazón mío, tan endurecido, para que el día del juicio sea para mí al menos tan llevadero como para esas buenas gentes sencillas que viven tu mensaje con más generosidad que yo. 3. Jesús había enviado a los setenta y dos a anunciar el Reino de Dios. Refiriéndose a ellos, termina diciendo: «Quien a vosotros oye, a mi me oye». La palabra de los enviados es palabra de Jesús. Dios ha querido servirse de ellos para conducir a los hombres a la salvación. Sus mensajeros son servidores de la palabra. ¿Lo soy yo? ¿Yo entrego tu palabra o la mía? Pero ¿cómo voy a ser “servidor de tu palabra”, si antes no soy buen oyente de tu palabra, y no la medito y la vivo? Pienso que necesito orar más. Ponerme delante de ti todos los días, para escucharte, meditar tu Palabra y recibir la fuerza necesaria para vivir tu evangelio. Entonces el que me escuche, sí te escuchará a ti.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
02/10/2009
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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