Domingo 14º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 14º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, fue Jesús a su pueblo en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?" Y esto les resultaba escandaloso. Jesús les decía: "No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa." No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe. Y recorría los pueblos de alrededor enseñando. ( Marcos 6,1-6).

1. “La multitud que lo oía se preguntaba asombrada: "¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es ésa que le han enseñado? ¿Y esos milagros de sus manos? ¿No es éste el carpintero, el hijo de María?” Jesús va a su pueblo. Empieza a enseñar en la sinagoga. Sus paisanos se asombran de lo que enseña y hace. Pero le conocen y conocen a su familia: es el carpintero, el hijo de María. No es nadie importante. ¿Qué puede enseñarles? Y no se fían. ¿No nos pasa algo parecido a nosotros? Somos cristianos de toda la vida. De Cristo lo sabemos todo y su evangelio lo hemos escuchado desde niños. Y como dice J. J. Bartolomé, “por darle por conocido, no logramos conocerle mejor; por habernos acostumbrado a El, no conseguimos tener una mejor experiencia; por creerle ya familiar, nunca lo buscamos; y por no buscarle, no nos encontramos de nuevo con El. Nos estamos privando de lo mejor de Dios, como los paisanos de Jesús, sólo por creernos que Dios no puede ser ya mejor con nosotros; tan familiarizados nos creemos estar con El que no nos dejamos sorprender por El, que nada nuevo ni mejor esperamos de Dios.” Señor, que comprendamos que nunca te terminamos de conocer, y deseemos conocerte mejor.

2. Y si el Señor no nos sorprende, y su mensaje nos deja indiferentes, ¿qué decir de nuestra actitud frente a lo que nos dicen o enseñan los demás? Escuchamos un consejo, una corrección, una invitación al cambio, una predicación, etc. y nos revolvemos molestos: “Mira quién habla... Que se aplique el cuento él o ella. Antes de predicar a los demás que dé trigo…” Y rechazamos su llamada. Y es que , Señor, cuando la Palabra de Dios pone el dedo en la llaga, nos defendemos contra ella desprestigiando al mensajero. Y no nos damos cuenta de que el otro puede ser débil y pecador, pero tu Palabra es Palabra salvadora. Señor, que no nos fijemos en el cauce por el que nos llega tu mensaje; el cauce puede estar roto o sucio, pero la llamada es limpia y clara, es tuya. Y esto es lo que debe importarnos.

3. “No pudo hacer allí ningún milagro, sólo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se extrañó de su falta de fe”. La falta de fe de aquellas gentes, Señor, podríamos decir que te ata las manos. Vas repartiendo la salvación por todas partes, pero en tu pueblo nadie quiere aceptarla. Sólo algunos enfermos creyeron en ti y éstos sí que experimentaron tu fuerza sanadora. Y es que nos has hecho libres, Señor, y, porque respetas nuestra libertad, podemos rechazar tu salvación. Señor, perdona nuestra dureza de corazón. Aumenta nuestra fe. Que aceptemos tu mensaje. Que nuestra fe te deje las manos libres para actuar en nosotros y salvarnos.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

05/07/2009


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