Domingo 3º del Tiempo Ordinario (B)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 3º del Tiempo Ordinario (B)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios. Decía: - «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el Evangelio.» Pasando junto al lado de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago. Jesús les dijo:«Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.» Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él. (Marcos 1, 14-20)

1. Comienza Jesús su vida pública proclamando al pueblo que esperaba la liberación: “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios”. Cuando uno se siente desgraciado, lo que espera es que lleguen tiempos mejores. Evangelio, originariamente, significa el anuncio de una noticia importante y alegre para uno que lo está pasando muy mal. Como, cuando al condenado a cadena perpetua, se le comunica que se le ha amnistiado. Es lo que anuncias, Señor, al Pueblo que esperaba el cumplimiento de las promesas anunciadas por los profetas, de las esperanzas de liberación: que ha terminado el tiempo de la espera, que se ha cumplido el plazo señalado por Dios para comenzar su reinado. Llegan, pues, tiempos nuevos: el reino de Dios, el señorío, la victoria de Dios sobre el mal está cerca.

2. Pero Dios nunca impone nada; sólo ofrece. El reino de Dios ha de ser aceptado libremente. De ahí, la invitación que hace: “convertíos y creed en el Evangelio.” Convertíos, cambiad de modo de vivir, haced “un cambio de sentido” en vuestra caminar, y creed en el Evangelio, abriros al Reino de Dios que llega, aceptad la salvación que Dios os ofrece gratuitamente... Cuando los que de siempre estamos en la Iglesia oímos hablar de conversión, corremos el peligro de pensar que eso no es para nosotros; que es para los que no creen, para los “alejados”. Como si nosotros ya hubiéramos aceptado sin reservas y viviéramos plenamente el evangelio. Cuando tan lejos estamos de haber tomado en serio el Evangelio del Señor, cuando nuestra vida sigue caminando por las sendas del pecado: del egoísmo, de la vida cómoda que pasa de largo ante la necesidad del hermano, del orgullo y la soberbia que nos hacen menospreciar al que no piensa como nosotros o a no perdonar al que nos ha ofendido… Y bien sabemos que la lista la podemos alargar y alargar. Que hoy, Señor, escuche tu llamada. Que haga “un giro”, un “cambio de sentido” en mi vida. Que no te dé más largas. Que te abra las puertas y me deje salvar por ti.

3. Los primeros discípulos escucharon esta llamada de Jesús a la conversión y este anuncio. Ellos creyeron que valía la pena acoger la oferta que Jesús les hizo y comenzar a vivir de una manera distinta. Por eso, cuando Jesús les dice: “Venid conmigo y os haré pescadores de hombre ”, no dudaron en dejar sus redes y sus barcas, y se marcharon con él. También hoy Jesús nos invita a convertirnos, a dejar que Dios tome posesión de nuestra vida. Señor, hazme ver qué “redes” me tienen ocupado y atrapado y me pides que deje. Y que no tema dejarlas, renunciar a ellas. Que vea que vale la pena, porque es para irme contigo. ¡Y esa ganancia, Señor, bien compensa cualquier pérdida, cualquier renuncia!

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

25/01/2009


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