Martes de la 27ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Martes de la 27ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se detuvo y dijo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano." Pero el Señor le contestó: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán." (Lucas 10, 38-42).

1. Hoy el Señor nos invita a la escucha sosegada y tranquila de la Palabra, a la escucha del Señor. Subiendo a Jerusalén, Jesús se hospeda en casa de unos amigos. Las dos hermanas de la casa, Marta y María, acogen a Jesús. Marta se mata para atenderle materialmente. Y María, “sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.” Ella no se aparta del Maestro, está como bebiendo cada palabra suya. Marta, la pobre, por más que se esfuerza, no llega a todo, y al ver a su hermana tan tranquila, senta­da a los pies del Maestro, protesta: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano." Pero Jesús le responde, cariñosamente: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán”.

2. Comentando este texto, San Agustín dice: «Marta, preocupada de prepararle la comida al Señor, andaba ocupada en mil cosas. María, su hermana, prefirió que el Señor le diese de comer a ella.” Dios no nos sale al encuentro para que le demos, sino para darnos su salvación. Pero hemos que saber escucharle. ¿De qué sirve que venga el Señor, si no nos detenemos a escucharle? A veces tenemos tantas cosas que hacer, que no nos queda tiempo para la escucha. Incluso las tareas apostólicas son tantas, a veces, que no nos dejan tiempo para la oración y la escucha del Señor. Un autor dice: "Incluso los que tienen hambre de Dios, los que quisieran orar, se mueren ante la mesa servida: no encuentran en sí mismos el coraje de sentarse a la mesa y comer." Lo que cambia el corazón del hombre y lo renueva –dice José A. Pagola- es la comunicación con el Dios Viviente. Y si nosotros no dedicamos tiempo para comunicarnos con el Dios Viviente, ¿cómo va a renovarse nuestro corazón, cómo va a cambiar nuestra vida?

3. Y no se trata de contraponer la oración a la acción. Marta y María, l as dos, amaban y servían a Jesús, y Jesús se siente amado y servido por las dos. Nosotros hemos de conjugar las dos actitudes: escuchar atentamente la Palabra de Dios, y escuchar con atención también las necesidades de nuestros hermanos… El místico Maestro Eckart decía: “Marta ya sabía trabajar y servir en las mesas sin perjudicar en nada su atención a la presencia y a la palabra de Dios. Pero María estaba todavía aprendiendo junto a Jesús… María escogió lo que para ella era la mejor parte.” A nosotros hoy el Señor nos invita a no caer en la tentación del activismo. Es necesario que, de vez en cuando, nos paremos y nos pongamos a la escucha del Señor. Sólo así seremos verdaderos sirvientes de la Palabra. No olvidar los problemas de la vida, pero tampoco olvidar la oración y la escucha de la Palabra, que han de impregnar toda la vida del discípulo. ¿A dónde llevará la actividad desenfrenada que no se alimenta de la escucha de la palabra del Señor y de la oración? Francisco de Asís recomendaba vivamente a sus frailes que trabajaran, pero insiste en que cuiden mucho que el trabajo “no apague el espíritu de la santa oración y devoción”. Para que esto no ocurra en mí, Señor, necesito cada día -como hacías tú y han hecho todos los grandes apóstoles- retirarme de vez en cuando al silencio y a la soledad, para sentarme a tus pies como María, y escuchar tus palabras.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

07/10/2008


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