Lunes de la 20ª semana del Tiempo Ordinario

Paso la palabra. Para meditar cada día
Lunes de la 20ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó: -«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?» Jesús le contestó: -« ¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. » Él le preguntó: -«¿Cuáles?» Jesús le contestó: -«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo. » El muchacho le dijo: -«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?» Jesús le contestó: -«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo. Al oír esto, el joven se fue triste, porque era rico. ( Mateo 19, 16-22).

  1. A Jesús se le acerca uno que le pregunta: “«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?»” Jesús le remite a lo que todo judío conocía, a los mandamientos: “ -«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo .” Notemos que Jesús nombra sólo los mandamientos que hacen referencia al prójimo. Y es que la relación con Dios –y con Jesús- queda determinada por nuestra relación con el prójimo. El joven que había preguntado dice que eso lo cumple ya, si hay algo más que cumplir. Jesús debió mirarle con cariño y le dijo: “ Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo…” Tal vez el joven esperaba que Jesús le pidiera hacer algunas limosnas más, o ayunos, o rezos… Pero Jesús se lo pide todo. Y aquél se sintió incapaz de llegar hasta ahí, le pareció precio excesivo. Y la tristeza se apoderó de su corazón, y se marchó, “porque era rico.” ¡Qué pena, Señor, entre su tesoro terreno –sus riquezas- y el Tesoro del Reino que le ofreces, escogió sus riquezas y los disfrutes pasajeros que le proporcionan!
  1. Meditando este pasaje, sentimos pena de aquel joven, y hasta un cierto desprecio por su cobardía. Pero no olvidemos que el evangelio habla siempre de nosotros y nos habla a nosotros. Aquél somos nosotros. ¿No hemos tenido momentos en los que, descontentos de la mediocridad de nuestra vida cristiana, le hemos preguntado al Señor qué más teníamos que hacer? Y cuando el Señor nos ha dicho lo que a aquel muchacho: -«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres –así tendrás un tesoro en el cielo- y luego vente conmigo”, ¿qué hemos hecho? ¿No nos hemos echado atrás cobardemente como él? El del evangelio se marchó, porque estaba “poseído” por sus riquezas y el bienestar que le proporcionaban. Nosotros ¿de qué estamos “poseídos”? ¿Qué “bienes o riquezas” nos “poseen” hasta el punto de no atrevernos a “venderlos” para conseguir la vida eterna? Señor, que hoy comprenda que ser discípulo tuyo, ser cristiano, no consiste en cumplir los mandamientos, sino en entregarme totalmente sin reserva y en amar sin límites.
  1. El joven “se fue triste porque era muy rico”. Tal vez nosotros no tengamos riquezas materiales, pero ¿no tenemos el corazón lleno de otras “riquezas”? El peligro del dinero es que podemos hacer de él nuestro “dios” y poner en él toda nuestra confianza y vivir para él. Pero ¿a cuántas otras cosas las hacemos nuestro “dios”? Ahí está el propio ego, el prestigio, ciertos afectos, algunos proyectos e ilusiones, incluso algunas “buenas obras”, etc. ¿No ponemos en ellos nuestro corazón tanto que llegamos a colocarlos por encima de Dios y del amor a los hermanos? Ese es el peligro: tener el “bolsillo” vacío, pero el corazón tan lleno de nosotros mismos, que Dios no cabe. Señor, que tú seas para mí mi único Dios y Señor. Que sólo en ti ponga mi confianza y seguridad. Que pueda decir, como santa Teresa, que para mí “sólo Dios basta.”

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

18/08/2008


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