Viernes 18ª semana del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta. Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin antes haber visto llegar al Hijo del Hombre con majestad.” (Mateo 16:24-28). Ayer meditábamos el anuncio de la pasión que hizo Jesús, anuncio que escandalizó a Pedro. Hoy nos dice el Señor que el camino del discípulo no puede ser otro que el suyo: negarse a sí mismo, cargar con su cruz e irse con él. Lo primero, negarse: "El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo…” De entrada, ¡cómo asusta esto de negarse a sí mismo! Porque es abjurar de la egolatría, esa religión que tanto tendemos a practicar: quitar del centro de nuestra vida el “yo” con sus ambiciones de prestigio, placeres, comodidades, riquezas, etc., y en su lugar poner a Dios y al prójimo. Cuesta, Señor, pero sé que vale la pena. Porque no se trata de renunciar por renunciar; es renunciar a mi yo carnal y a sus ambiciones para elegirte a ti, que vales mucho más. Y marcharse con quien uno ama ¿es sacrificio o ganancia? San Agustín dijo: «En aquello que se ama, o no se sufre, o el mismo sufrimiento es amado».
Después, “Cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”. Cargar con su cruz. Y no se trata de buscar sacrificios extraños, sino de asumir cada día todo lo que supone ponernos incondicionalmente de parte de Cristo y de su Reino; asumir las consecuencias que implica el ser discípulo suyo: ser-para-Dios y ser-para-demás, es decir, vivir una vida de entrega total a Dios y a los hombres, y expuesto al desprecio y a la persecución y la muerte, como Jesús. Porque él no nos pide nada que no haya hecho antes… Lo nuestro, Señor Jesús, es caminar detrás de ti, pisando las huellas que tú has dejado marcadas. ¿Cargo cada día con mi cruz? Me cuesta a veces, Señor. Son pocas mis fuerzas. Ayúdame para que pueda seguir adelante.
Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. Quien se empeñe en asegurar su vida temporal, viviendo para su propio interés, perderá la vida, es decir, no tendrá vida después de la muerte. Pero quien por Jesús se arriesga a perderla, ése la gana. Como dice, Juan Mateos, “el valor supremo del hombre, la vida, sólo se asegura si uno está dispuesto a perderla por causa de Jesús.” Y “¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida?” ¿De qué servirá ganar riquezas, gloria, poder, etc., si perdemos la vida? Señor, que, cuando seguirte se haga duro y la cruz pese, recordemos esta advertencia tuya... La meditación de estas palabras hizo cambiar de vida a muchos. Charles de Foucould las tenía escritas en las maderas de su cabaña para contemplarlas constantemente. Lo de este mundo ¿cuánto puede durar? ¡Qué fácilmente lo olvidamos, Señor! Siguiéndote a ti, viviendo tu evangelio pensamos que perdemos. Y olvidamos que en la lógica del evangelio “perder es ganar.” Tú perdiste la vida en la cruz, pero la ganaste en la Resurrección. Hazme comprender, Señor, que seguirte a ti es el único modo de ganar la Vida, que es la que importa.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
08/08/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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