Domingo X del Tiempo Ordinario (A)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, vio Jesús al pasar a un hombre llamado Mateo, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo: "Sígueme." Él se levantó y lo siguió. Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" Jesús lo oyó y dijo: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios": que no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores." (Mateo 9, 9-13). Jesús ha venido a ofrecer la salvación a todos, sin excluir nadie. Hoy vemos que la ofrece a Mateo, un publicano o recaudador de impuestos, al servicio de Roma. Los publicanos, por su oficio, eran considerados como pecadores: solían ser avaros y abusar de la gente. Eran depreciados y excluidos de la comunidad de Israel. Jesús no desprecia a Mateo. Lo mira con cariño y lo llama para formar parte del círculo de sus íntimos: “Sígueme”. Mateo, sin dudarlo, “se levantó y lo siguió”... Seguir a Jesús es el signo más claro de la fe en él, de la firme adhesión a su persona. Era dejar atrás su mundo anterior y comenzar una vida nueva . Señor, al publicano Mateo, frente al desprecio con que lo miraban los demás, tú lo has mirado con comprensión y amor. Y tu amor lo ha redimido de su pecado. ¿Cómo miro yo a los marginados, a los que la comunidad desprecia y rechaza? Señor, concédeme mirarlos con la comprensión y el amor redentor con que miraste a Mateo y a tantos pecadores.
Jesús no sólo ha llamado a Mateo para que se una a él, sino que se va a la casa del publicado Mateo y se sienta, junto con sus discípulos, a la mesa con él y con otros pecadores: “estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos.” Esto escandaliza a los fariseos, estrictos guardianes de la ley, que preguntan a los discipulos: "¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?" Y es que los judíos “cumplidores” evitaban tratar a las personas impuras, a los pecadores. Ha sido y es la tentación de los “buenos”: creerse mejores que los demás y condenarlos como pecadores. Así, los fariseos: en su orgullo, critican a Jesús porque come con “pecadores". Señor, ¡cómo me veo reflejado en ellos! Instalado en mi orgullo y vanidad, como si estuviera limpio de pecado, condeno a los que catalogo como pecadores, y me disgusta que algunos sean comprensivos con ellos. … Señor, cambia mi corazón; dame un corazón acogedor y comprensivo como el tuyo. Que yo use de misericordia con los demás, como pido que la uses tú conmigo.
Al escándalo de los fariseos Jesús responde recitándoles este proverbio: "No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos”. Y les acusa de desconocer la Escritura y de no comprender lo en ella han leído: “Andad, aprended lo que significa "misericordia quiero y no sacrificios”: que yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores." El no ha venido para los justos, para los que, porque se creen buenos y seguros, como los fariseos, no necesitan la salvación, sino para los pecadores, para los que se ven envueltos en el pecado, y están descontentos, y anhelan que alguien los salve. Señor, yo soy uno de los pecadores que has venido a buscar. Es cierto que, a veces, en mi orgullo, llego a creerme “bueno” y me permito condenar a los demás. Pero hoy descubro que precisamente ése es pecado, del que necesito redención. Al publicano Mateo lo buscaste en el mostrador de los impuestos, el lugar de sus avaricias y extorsiones, y tu amor lo arrancó de allí. Yo estoy aquí, Señor, en mis orgullos e incomprensiones, que condenan a los demás y los excluyen. Acércate a mí hoy, Señor, y sana mi corazón, vacíalo de tanta soberbia, orgullo y desamor. Enséñame lo que significa “misericordia quiero y no sacrificios”, que comprenda, Señor, que Dios prefiere el amor hecho ternura y misericordia para quien lo necesita a todo, incluso al mismo culto a Dios.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
08/06/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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