Viernes de la 9ª semana del T. O.
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
“Querido hermano: permanece en lo aprendido y se te ha confiado; sabiendo que desde niño conoces la Escritura: Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación. ” ( 2Timoteo, 3, 15-16). “En aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó: ¿Cómo dicen los letrados que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo dice: ’Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a la derecha.’ Pues, si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo? La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándo a Jesús.” (Marcos 12, 35-37). Estos últimos días hemos visto cómo los enemigos de Jesús buscan cazarle, proponiéndole preguntas capciosas, con la pretensión de desprestigiarlo ante el pueblo. Jesús aprovecha siempre esas ocasiones para proclamar su mensaje. El evangelio de ayer, después de contestar al que le preguntaba por el primer mandamiento, concluía: “Y nadie se atrevía a hacerle más preguntas”. Hoy es Jesús quien hace una pregunta comprometida: “Los letrados dicen que el Mesías es hijo de David … Si el mismo David llama al Mesías Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?” Señor, ése de quien habla David eres tú: Hombre y Dios a la vez; por tu origen humano, hijo de David, descendiente de su linaje, y por tu origen divino, Señor de David. Pero el orgullo de los jefes judíos les impide reconocerte como hijo de Dios y, por tanto, Señor de David; por eso no pueden resolver el problema que les planteas… La comunidad cristiana sí te ha confesado desde siempre como su Señor, y así te confesamos nosotros los que creemos en ti. Pero, Señor, que no sólo lo confesemos con la palabra, sino que sea nuestra vida la que te proclame como Señor nuestro, siguiéndote y viviendo tu evangelio.
Frente al corazón duro de los dirigentes judíos, que rechazan a Jesús desde su falsa sabiduría, la gente del pueblo, de corazón sencillo, lo reconoce como maestro y disfrutaba escuchándole: “La gente, que era mucha, disfrutaba escuchándolo.” Es la actitud de los verdaderos seguidores de Jesús: escucharle con hambre de su Palabra. Lo que ocurre, Señor, es que, a veces, escuchamos con gusto tu evangelio y disfrutamos, como aquella gente; pero, después, ¡cómo se resisten nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestra cobardía a ponerlo en práctica, a vivirlo! Y a ti, Señor Jesús, no te basta con que te escuchemos para simple deleite intelectual, como se escucha la doctrina de un buen maestro, sino para abrir el corazón a tu Palabra y dejarnos cambiar por ella. Y en esto, Señor, fallamos demasiadas veces. Señor, ayúdanos, para que escuchemos para vivir, no solo para saber.
En la carta a Timoteo (1ª lectura) , san Pablo dice;: “ Permanece en lo aprendido y se te ha confiado; sabiendo que desde niño conoces la Escritura: Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación”. Con estas palabras animaba a Timoteo a ser fiel a la Escritura, y a no seguir otras enseñanzas. ¿Nosotros valoramos la Sagrada Escritura como Palabra de Dios dicha hoy a nosotros, que nos lleva a la salvación? Señor, que cuando lea la Palabra de Dios, la escuche y la acoja, no como historia pasada, sino como palabra viva que habla de mí y para mí. Entonces tu Palabra sí será para mí sabiduría que conduce a la salvación, como ha sido para tantos creyentes. Que así sea, Señor.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
06/06/2008
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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