Lunes de la Octava de Pascua
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; impresionadas y llenas de alegría, corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: - Alegraos. Ellas se acercaron, se postraron ante él y le abrazaron los pies. Jesús les dijo: - No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán. Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: - Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros. Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy. ( Mateo 28,8-15) A aquellas mujeres -las que estuvieron al pie de la cruz con María, la Madre de Jesús- el amor les empujó a madrugar. Se han levantado con una obsesión: ir al sepulcro para estar con el Señor. Y se han encontrado con que un ángel les dice que el que buscan no está allí: ha resucitado. Y ellas, locas de alegría, corren a anunciarlo a los discípulos. De pronto, el Señor les sale al encuentro... Porque, Señor, tú siempre sales al encuentro del que te busca con sinceridad. ¡Ah, Señor Jesús, si yo te buscara siempre con corazón tan enamorado como el de aquellas mujeres!... ¡Si en vez de quedarme -tantas veces- sentado sobre mi pena y mi desgracia, llorando mi soledad, te buscara con el ansia de ellas…! Que hoy, Señor, aprenda la lección. “Jesús les dijo: - No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán”. Los encuentros con el amor del Señor no son para guardarlos; es preciso comunicarlos, gritarlos a los que queremos. Cuando no tengo nada que decir del Señor a los demás, ¿no será que no me he encontrado con él? Si no me encuentro con él, ¿qué voy a decir a los demás?, ¿sólo que he oído hablar de él? Si no les puedo decir: “he visto al Señor, y me ha dicho esto…”, ¿a qué les sonará mi mensaje? Muéstrame tu rostro, Señor; concédeme experimentar y gustar tu amor; sal a mi encuentro y “déjate ver”… Si no, mi mensaje no les sonará a verdadero. Y ellos necesitan saber que vives… El sepulcro vacío que tanta alegría ha puesto en el corazón de las mujeres, en el de los dirigentes judíos pone inquietud. Los soldados les han comunicado que el sepulcro está vacío, y ellos intentan ahogar la noticia, sobornando a los soldados: “dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles: - Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais.” Pero lo que el sepulcro no logró ahogar, ¿lo ahogará la mentira? La luz de la Verdad, la fuerza del Amor, y la Esperanza sembradas por Jesús nadie podrá apagarlas ya. Es un río que inundará el mundo entero y la historia de los hombres por los siglos de los siglos. ¿Por qué nosotros, a pesar de sabernos débiles y pecadores, nos sentimos amados de Dios y perdonados y con esperanza en el corazón? ¿Por qué podemos amar y perdonar y entregarnos y ser comunicadores de esperanza? Porque el Amor, la Misericordia, el Perdón, la Esperanza y todo lo bueno y positivo que representaba y era Jesús, -y que los hombres quisieron enterrar con él en aquel sepulcro- ha sido puesto en pie de nuevo por el Padre; porque el Señor ha resucitado y vive, y –como dijo Benedicto XVI en la homilía de la Vigilia Pascual del 2007- nos dice a cada uno: “He resucitado y ahora estoy siempre contigo... Mi mano te sostiene. Dondequiera que tú caigas, caerás en mis manos. Estoy presente incluso a las puertas de la muerte. Donde nadie ya no puede acompañarte y donde tú no puedes llevar nada, allí te espero yo y para ti transformo las tinieblas en luz”. Escuchando esto, Señor, ¿cómo no caminar con esperanza aun en medio de la tiniebla y del mal?
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
24/03/2008
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