Domingo 31º del Tiempo Ordinario (C)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad. Vivía en ella un hombre rico llamado Zaqueo, jefe de los que cobraban impuestos para Roma. Quería conocer a Jesús, pero no conseguía verle, porque había mucha gente y Zaqueo era de baja estatura. Así que, echando a correr, se adelantó, y para alcanzar a verle se subió a un árbol junto al cual tenía que pasar Jesús. Al llegar allí, Jesús miró hacia arriba y le dijo: “Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa.” Zaqueo bajó aprisa, y con alegría recibió a Jesús. Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador. Pero Zaqueo, levantándose entonces, dijo al Señor: “Mira, Señor, voy a dar a los pobres la mitad de mis bienes; y si he robado algo a alguien, le devolveré cuatro veces más.” Jesús le dijo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham. Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que se había perdido.” (Lc 19,1-10). 1. Historia enternecedora y llena de alegría ésta del encuentro de Zaqueo con Jesús. Jesús entra en Jericó. Hay una gran aglomeración de gente. Un hombre pequeño de estatura quiere ver a Jesús y, como la gente se lo impedía, corrió adelante y se subió a un árbol para verle cuando pasara. Era jefe de publicanos y rico. Por publicano, recaudador de impuestos, era mirado como ladrón y pecador. Pero, cuando Jesús llegó donde estaba, miró hacia arriba y le llamó: “Zaqueo, baja en seguida porque hoy he de quedarme en tu casa ". Bajó enseguida y, con gran alegría, lo recibió en su casa. “Al ver esto comenzaron todos a criticar a Jesús, diciendo que había ido a quedarse en casa de un pecador”. Lo de siempre, Señor: tú –el Santo- acoges a los marginados y despreciados de la sociedad; y los “justos”, los buenos, critican tu acercarte a los de mala reputación. ¡Corazón duro el de ellos, Señor! Pero, ¿y el mío? Yo que tanto amor y misericordia he recibido de ti, con cuánta frecuencia, Señor, en mi corazón hay más incomprensión y condena que perdón y misericordia. Perdóname. 2. Por pecador, todos miraban a Zaqueo de reojo y con desprecio. Pero en la mirada de Jesús Zaqueo no vio reproche ni juicio, sino misericordia y comprensión. Jesús le miró y le llamó por su nombre: “Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. Y es que ha venido a buscar a los pecadores, y en Zaqueo ha visto a un hombre hundido en el egoísmo y la avaricia, y no ha necesitado más: lo llama y se invita a su casa. J. Gafo comenta: “Jesús no necesita para alojarse en la casa de Zaqueo el que éste cambiase de vida. Le ha bastado, como al padre bueno [de la parábola del hijo pródigo], ver que aquel hombre le estaba buscando. Será más tarde, al sentirse acogido y aceptado por Jesús, cuando Zaqueo se ponga de pie y diga: ‘Mira, daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo’. No hay nada que cambie más a la persona que el sentirse aceptada y amada incondicionalmente. Y el amor y la aceptación del Señor cambiaron a Zaqueo. Y el que era egoísta e injusto se abrió a la justicia y la preocupación por los demás: ‘daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo.’ Señor, dame un corazón como el tuyo: que lo mío sea la comprensión y la aceptación del hermano pecador y no el juicio duro y la condena. 3. ¿Quién no es de alguna manera Zaqueo? ¿Quién no necesita ser mirado con el mismo amor y misericordia como fue mirado Zaqueo? ¿Quién no necesita escuchar las consoladoras palabras de Jesús a Zaqueo: “Hoy ha llegado la salvación a esta casa?” Ojalá que este domingo sea para nosotros el “hoy” de la salvación. Jesús pasa y nos mira con amor y comprensión y nos llama por nuestro nombre: “Fulano... baja de tu indiferencia, de tus egoísmos, de tu rutina, de tu vivir pensando sólo en ti, de tu ir tirando..., porque hoy tengo que alojarme en tu casa”. ¡Cómo se transformaría nuestra vida, si lo acogiéramos como el publicano Zaqueo! Pronzato dice: “Su mirada atrofiada por el egoísmo, se ha curado. Ya no ve a los demás como individuos a explotar, a quienes arramblar todo lo posible... Ahora ve a los otros como hermanos... Comienza, por primera vez, a usar las manos no para coger, arrebatar y acaparar, sino para dar.” Señor, mírame. Ven y hospédate en mi casa. Que tu amor desaloje tanto egoísmo como hay en mi corazón, para que en él pueda entrar el amor.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
31/10/2010
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