Domingo 26º del Tiempo Ordinario (C)
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: - «Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico. Y hasta los perros se le acercaban a lamerle las llagas. Sucedió que se murió el mendigo, y los ángeles lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico, y lo enterraron. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantando los ojos, vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritó: "Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas. " Pero Abrahán le contestó: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso encuentra aquí consuelo, mientras que tú padeces. Y además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que no puedan cruzar, aunque quieran, desde aquí hacia vosotros, ni puedan pasar de ahí hasta nosotros." El rico insistió: "Te ruego, entonces, padre, que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan también ellos a este lugar de tormento." Abrahán le dice: "Tienen a Moisés y a los profetas; que los escuchen." El rico contestó: "No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a verlos, se arrepentirán." Abrahán le dijo: "Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto."» ( Lc 16, 19-31). 1. En el evangelio de hoy se nos presenta el destino del que se deja atrapar por las riquezas, los placeres y sólo se preocupa de su bienvivir y gozar de la vida. El que así vive, lo primero, se incapacita para escuchar las llamadas de Dios. Piensa que no necesita a Dios, porque lo tiene todo... Y es que en el corazón lleno de lo material –riquezas, prestigio y otras vanidades mundanas- no hay lugar para Dios… ¿Cómo está nuestro corazón: hay lugar para Dios en él o está tan lleno de lo terreno, tan preocupado por lo de aquí abajo, que Dios no cabe? Señor, ¿de qué quieres que desocupe mi corazón? 2. Y en segundo lugar, las cosas del mundo, cuando se apoderan del corazón, también incapacitan para escuchar y ver al hermano necesitado. Nos hacen sordos a Dios y sordos al hermano. Tampoco para el necesitado hay lugar en el corazón colmado de lo material. Observemos que el rico de la parábola no hace ningún daño a Lázaro, no le ha robado ni lo ha maltratado, simplemente lo ignora y lo deja como estaba. Y ése es su pecado: la indiferencia, la despreocupación frente al necesitado. Tan ocupado está de gozar de sus bienes, que ni se da cuenta del estado lastimoso de Lázaro que está a la puerta. Es el peligro: vivir tanto para nosotros mismos, para lo nuestro, que nos hagamos ciegos e insensibles a los males del hermano. ¿No está pasando eso en nuestra sociedad? ¿No hay multitud de “Lázaros” en el portal de nuestras casas –y en el de la casa grande del Primer Mundo-, muriendo de hambre mientras nosotros banqueteamos desmesuradamente y no los vemos? Señor, que las preocupaciones y ambiciones de este mundo no cieguen ni cierren nuestro corazón a los hermanos. Danos un corazón compasivo, sensible a sus sufrimientos y necesidades. 3. Muere el rico y muere Lázaro. Y los papeles se truecan: el pobre va al gozo de Dios, y el rico, al fracaso del sufrimiento, a vivir solo consigo mismo, sin sus riquezas y sin Dios. Una pregunta: Si nosotros fuéramos uno de los protagonistas de la parábola, ¿en dónde estaríamos? El rico, consciente – tarde- de su vivir equivocado, ruega a Dios que envíe a Lázaro para que ponga sobre aviso a sus hermanos, no sea que les ocurra lo mismo. Dios le dice que escuchen a Moisés y a los profetas. Porque si a ellos no les hacen caso, “ni aunque resucite un muerto harán caso”. Y es que, como dice Pronzato: “La fe no nace de los milagros. No es un muerto resucitado, sino la palabra de Dios que resuene en nuestros corazones, la que puede hacernos abrir el corazón, la que puede hacernos abrir los ojos.” Señor, que escuche tu palabra que me llama a la conversión, a despegar mi corazón de todo lo que me impide vivir para ti y para los hermanos.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
26/09/2010
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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