Domingo 24º del Tiempo Ordinario (C)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 24º del Tiempo Ordinario (C)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: - «Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» Jesús les dijo esta parábola: - «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: "¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido." Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me habla perdido. " Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.» También les dijo: - «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna." El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba comer. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros." Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebramos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; e taba perdido, y lo hemos encontrado." Y empezaron el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud." Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tu bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado." El padre le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado."» (Lucas 15, 1-32).

1.      Los fariseos y escribas no aguantaban que Jesús acogiera a los pecadores y comiera con ellos. Para ellos, Dios no amaba a los pecadores. Por eso, se preguntaban: ¿Cómo uno que dice que viene de parte de Dios puede ir con ellos? Con estas 3 parábolas Jesús les revela un rostro de Dios muy distinto al que ellos pensaban. En las parábolas de la oveja descarriada nos dice que Dios es como el pastor que ama tanto a cada una de sus ovejas, que, si una se descarría, deja a las demás y no descansa hasta encontrar a la perdida, y amorosamente reintegrarla al rebaño. O como la mujer que pierde una moneda y no descansa hasta encontrarla. Pastor y mujer se alegran con el hallazgo e invitan a los amigos a celebrarlo con ellos: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido”;  “¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me habla perdido. " Y la conclusión de Jesús es la misma en las dos: “habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta”, “la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.” Señor, si alguna vez me descarrío por caminos que no son los tuyos, que nunca la desesperanza se apodere de mí. Que tenga siempre seguro que tú me estás buscando y no descansarás hasta encontrarme.

2.      La tercera parábola es la llamada del “hijo pródigo”, que mejor sería llamarla “parábola del Padre bueno”, puesto que el verdadero protagonista es el padre, que espera, y acoge y hace fiesta, cuando regresa el hijo que se marchó. ¡Qué bien retratado aparece el Dios que Jesús nos revela con su comportamiento, que los fariseos y escribas se negaban a aceptar! El hijo menor se marcha de casa, buscando la felicidad lejos del amor del padre. Pero encuentra que lejos de ese amor no hay felicidad, sino soledad, miseria, hambre y humillación. Nada logra. Tiene que dedicarse al más humillante quehacer para un judío: cuidar impuros cerdos. No puede comer ni las algarrobas de los cerdos. Pero, sobre todo,  no tiene quien le ame... Sí tiene: el padre bueno que abandonó le ama y le espera. Y cuando lo ve llegar, corre a su encuentro, y lo abraza y lo cubre de besos y lo llena de su amor, y organiza una gran fiesta... Este eres tú, Señor: el que nos amas siempre, aunque nos hayamos ido de tu lado; el que nos esperas para abrazarnos y llenarnos de tu amor. Señor, si alguna vez me separo de ti, que no te haga esperar.  Que nunca dude en ponerme en camino hacia tus brazos de padre bueno, para darte la alegría de perdonarme e invitarme  a la fiesta de tu amor. 

3.      En esta parábola está también el hijo mayor. El que no ha hecho nada malo. Pero lleva muy a mal que el Padre sea bueno y misericordioso con el hijo pecador. Son los fariseos y escribas satisfechos de su bondad, que no aceptaban que Jesús acogiera a los pecadores. ¿No estamos aquí también nosotros? A veces somos el hijo que se marcha; pero otras muchas, somos el hijo que se queda, que no hace nada malo…, pero en su corazón no hay amor,  por eso, ni perdona al hermano pecador, ni comprende el amor del Padre al hijo perdido. ¿Qué hijo es peor?  Malo es irse. Pero ¿de qué vale quedarnos en la casa del padre, si en nosotros no hay amor? Por eso, necesitamos todos convertirnos: los que se han ido y los que nos hemos quedado. Señor, que no sea como el hijo menor, egoísta, que se fue de casa; pero tampoco como el mayor, orgulloso, interesado, incapaz de comprender la misericordia del padre, ni de amar al hermano que ha pecado. Hazme, Señor como el padre, con un corazón lleno de amor y misericordia, que acogió al hijo que se fue, y al que se quedó lo animó bondadosamente a participar en la fiesta por el hermano “que estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y ha sido hallado”. ¡Qué otras serían, Señor, nuestras comunidades cristianas, si fuéramos como el padre de la parábola! Es decir, si nos pareciéramos a ti, Señor. 

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

12/09/2010


  • Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
  •