Murcia

Paso la palabra. Para meditar cada día: 23/10/2017

Paso la palabra. Para meditar cada día
Paso la palabra. Para meditar cada día: 23/10/2017
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lucas 18, 9-14)

1.      El evangelio nos presentan dos tipos de piedad: una piedad falsa e hipócrita y otra sincera; aparecen  en las dos maneras de orar del fariseo y del publicano. El fariseo sube a orar para mostrar a Dios sus buenas obras, para que Dios vea lo bueno que es: todo lo tiene en orden. No tiene nada de qué arrepentirse, sino mucho de qué enorgullecerse. Comienza dando gracias a Dios, pero enseguida pase a alabarse a sí mismo: él cumple todo lo mandado y algo más: no sólo ayuna un día al año, según estaba mandado, sino dos días a la semana; debía pagar el diezmo de algunas cosas, pero él lo paga de todo.  No viene a orar, pues,  porque necesite a Dios. R. Fabris comenta: “La oración del fariseo, tras una aparente devoción y piedad, es una oración atea... El hombre que se esconde detrás de esta oración no espera nada de Dios, no tiene nada que pedir, él se exhibe a sí mismo, y exhibe sus derechos y sus créditos ante Dios." Y como nada necesita ni nada espera de Dios, nada recibirá. Jesús dice que bajó a su casa no-justificado, no perdonado. Señor, líbrame del engreimiento espiritual del fariseo. Yo sí necesito de ti. Si tú no me salvas, ¿cómo me salvaré?

2.      Sólo el que se mira a sí mismo con ojos claros y sinceros y se descubre pecador y necesitado de misericordia es capaz de ser compresivo y misericordioso con los otros. Al que se cree perfecto ¡qué difícil se le hace comprender las debilidades de los demás! Es lo que le pasa al fariseo: se cree perfecto. Y desde el pedestal de su perfección  mira a los demás y los desprecia por pecadores: Yo “no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano”. Esta  tendencia a considerarnos "mejores que los demás" y despreciarlos está mucho más metida en nuestro corazón de lo que sospechamos. Hoy, Señor, yo  mirando al fariseo, ¡qué arraigada la descubro en mi corazón orgulloso e hipócrita!  Me confieso ante ti pecador, sin embargo con ¡qué facilidad juzgo y condeno a los demás!.... Señor, Dios de misericordia, que sea comprensivo con el pecado del hermano, como tú lo eres con el mío.

3.      En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lucas 18, 9-14)

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

23/10/2017


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