Murcia

Paso la palabra. Para meditar cada día: 26/6/2017

Paso la palabra. Para meditar cada día
Paso la palabra. Para meditar cada día: 26/6/2017
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

“En aquel tiempo, al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente. En esto se le acercó un leproso, se arrodilló y le dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Él extendió la mano y lo tocó diciendo: ¡Quiero, queda limpio! El enfermo enseguida quedó limpio de la lepra. Y Jesús les dijo: No se lo digáis a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y entrega la ofrenda que mandó Moisés”. (Mateo 8, 1-14).

1. “Al bajar Jesús del monte, lo siguió mucha gente”. Con frecuencia los evangelistas afirman que  la gente seguía con entusiasmo a Jesús en sus correrías apostólicas. Pero también, que ese entusiasmo decaía pronto en muchos y abandonaban. Y es que es fácil  entusiasmarse al escuchar y meditar, por ejemplo, lo que dice el Señor en el Sermón de la montaña que hemos venido meditando. Pero, una vez metidos en la rutina de la vida de cada día, se nos hace difícil perseverar en su seguimiento, poner en práctica esas enseñanzas, y entonces abandonamos. Es lo que me pasa muchas veces,  Señor. Un rato de oración, una convivencia, una celebración solemne…, y el fervor y el entusiasmo llena mi corazón. Pero vuelvo a la rutina de cada día, y, con la misma facilidad,  me “des-entusiasmo” y vuelvo al “ir tirando” de siempre. Señor, ayúdame. Dame generosidad y perseverancia  en tu siguiendo.

2. Después de proclamar las bienaventuranzas y hablarnos –según hemos venido meditando durante las últimas semanas- sobre cómo debemos obrar sus discípulos, Jesús  empieza a mostrarnos que él no se queda en palabras, sino que a las palabras siguen las obras. Y hace una serie de milagros para salvar a algunas personas, como símbolo de que, con él, han comenzado los tiempos de salvación. El primero fue un leproso. En aquella cultura, el leproso era el prototipo del maginado, un muerto en vida. Declarado impuro, ni podía tener acceso a Dios, ni podía acercarse a  los sanos… pues quien lo tocaba  -o a quien él tocaba- se convertía en impuro como él.  Pero este hombre, Señor, ha visto en ti la posibilidad de salir de la marginación, y, saltando por encima de las prescripciones legales, se te acerca con la esperanza de que tu poder será más fuerte que la lepra que le destruye. Y te ruega: “Señor, si quieres, puedes limpiarme”. ¡Qué  firmeza de fe, qué confianza, Señor! No te pide que le toques, él cree en la fuerza de tu palabra… Ensáñame a orar así, con esa sencillez y esa confianza ilimitada. Que crea en tu fuerza salvadora como creía aquel leproso.

3. Jesús no mira a aquel hombre –como hacían los demás- como un  impuro, un maldito, un intocable. Por eso ni lo rehúye ni lo rechaza. Lo acoge con amor, lo toca y después lo cura: “Él extendió la mano y lo tocó diciendo: ¡Quiero, queda limpio! El enfermo enseguida quedó limpio de la lepra.” Y curándolo, le devuelve su dignidad de persona y lo reintegra a la comunidad, a la convivencia comunitaria, de la que había sido excluido. También yo, Señor, necesito acercarme a ti una y otra vez, y rogarte con la oración sencilla y confiada del leproso: “Si quieres puedes limpiarme…” Sí, Señor, limpia mi corazón de tanta “lepra” espiritual que padece. Cúralo, Señor. Vacíalo de egoísmos, de resentimientos, de ambiciones insanas… Hazlo trasparente y sensible a las necesidades de los demás. Y que en adelante no tema acercarme a los “leprosos” e “intocables” de hoy para aliviar su dolor y ayudarles a salir  de la marginación en que viven…     

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

26/6/2017


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