Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Nueva parábola en la que insiste el Señor en hablarnos de la gratuidad del amor de Dios. Dios ofrece gratuitamente su salvación a todos. Pero el hombre es libre y puede rechazarla. Es lo que veía Jesús que pasaba, y lo que resalta la parábola de hoy: los primeros invitados–el pueblo de Israel, representado por los sumos sacerdotes y ancianos-, con diversas excusas, rechazan la insistente invitación a convertirse y participar en el banquete de la salvación, que les hace Jesús... Nosotros ¿no hemos rechazado muchas llamadas del Señor? Bajo la excusa de nuestros muchos “quehaceres” -como los de la parábola-, a veces ni nos enteramos… ¿Por qué esto? ¿No será que tememos el cambio que habría de producirse en nuestras vidas, si tomásemos en serio las llamadas del Señor? Pienso que por aquí andan las cosas, Señor: me da miedo tomar en serio tus invitaciones, porque sé que, si lo hago, no podré seguir con la vida vulgar, rutinaria, cómoda y sin tensión que llevo. ¿Cuándo perderé ese miedo, Señor?
2. Ante el rechazo de los primeros invitados, el rey, indignado, comenta: “La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían.” Y manda a los criados a todos los caminos para invitar a cuantos encuentren, sean buenos o malos. Lo hacen, y la sala se llenó… Lo de siempre: los marginados, los vagabundos, los pobres, los pecadores, etc., escuchan y acogen la oferta de salvación de Dios más prontamente que los invitados oficiales. ¿Entre quiénes estoy yo? ¿Entre los que te abren la puerta y acogen tu mensaje prontamente y con entusiasmo, o entre los no acuden a la invitación? ¡Cuántos inconvenientes pongo para acudir a la fiesta del “banquete” de tu amor, Señor! Y así me pierdo la dicha de saborear una mayor intimidad contigo y el gozo del servicio generoso a mis hermanos.
3. Ya llena la sala del banquete, el rey entró a saludar a los invitados, y observa que uno de ellos no lleva el vestido de fiesta, y mandó a los criados que lo echaran fuera. Y es que han sido invitados todos, “buenos” y “malos”, pero no basta con acudir al banquete: el que quiere pertenecer a la nueva comunidad y participar del banquete del Reino mesiánico, no puede seguir en su condición de “malo”, sino que ha de “vestirse de fiesta”, y adoptar las condiciones del discípulo. Así, nosotros: no nos basta estar dentro de la Iglesia, pertenecer a esta o aquella comunidad cristiana, ser religioso o sacerdote… Es necesario vestirnos con el “traje de fiesta”, es decir, “vestirnos de Cristo”, adoptar el estilo de vida de su comunidad. Señor, que me deje transformar por ti, hasta transparentar tu estilo de vida y poder decir: es Cristo quien vive en mí. Así no seré echado fuera, a las tinieblas, sino que participaré del gozo del banquete del Reino.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.