Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El evangelio de la fiesta de santa Marta nos presenta a Jesús que llega a Betania y se hospeda en casa de sus amigos, Lázaro, Marta y María. Marta se ocupa afanosamente de preparar la comida para su amigo, mientras que María permanece sentado a los pies de Jesús escuchándolo. Hasta que Marta, nerviosa, se queja al Maestro: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano." Pero Jesús le dice con cariño: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán.”¿No es un buen aviso que debemos escuchar nosotros? ¡Qué atareados andamos siempre! En tareas materiales, en tareas sociales, en tareas apostólicas… A veces tenemos tanto que hacer que no nos queda tiempo para estar con el Señor. Juan Pablo II decía: «El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del "hacer por hacer". Tenemos que resistir a esta tentación, buscando "ser" antes que "hacer". Un amigo -párroco y hablando de los párrocos- decía: dedicamos tanto tiempo a hablar de Dios y del evangelio, que no nos queda tiempo para escuchar a Dios en la oración. Y así nos va…
2. Y no se trata de contraponer la oración a la acción. Las dos son servicio y amor a Dios. Por eso, todos debemos ser a la vez Marta y María. El cristiano ha de implicarse en la solución de los problemas de la vida cotidiana, sobre todo de los más pobres y necesitados, pero sin olvidar que, si la escucha de la Palabra de Dios y la oración no impregnan todo lo que hacemos, hasta las buenas obras pueden vaciarse de amor y llenarse de vanidad y autocomplacencia. Cuentan de un famoso predicador capuchino italiano que, cercana ya la muerte, se angustiaba pensando en el juicio. El religioso que le atendía le animaba: “Confíe, Padre. Recuerde los miles de sermones que ha predicado.” Y el buen predicador le respondió: “Deje quietos los sermones, hermano, que si el Señor no dice nada de ellos, yo no pienso recordárselos.” En el juicio, ¿qué cosas “buenas” no le recordaremos nosotros al Señor, si él no nos dice nada de ellas?
3. Jesús, en el pasaje de hoy nos invita a no creer que nuestra labor como discípulos suyos consiste en hacer y hacer cosas. Nuestra vocación de cristianos es amar. Y será el amor el que unas veces nos hará sentarnos a los pies del Maestro, para escucharle, y otras, nos pondrá en pie y pondrá en nuestras manos las herramientas para “preparar la comida”, es decir, para solucionar las necesidades y problemas de los pobres y necesitados, y construir un mundo mejor, más fraterno y más según el corazón de Dios. Ser “contemplativos en acción”, deseando amar y servir en todo, como decía san Ignacio. El evangelio no dice cómo fue en delante de la vida de Marta; pero podemos pensar que no echaría en saco roto la advertencia de Jesús, y sin descuidar la acción, procuraría que fuera unida a la oración. Como lo hacía el Maestro al que quería. En Jesús vemos indisolublemente unidos trabajo y oración: vemos mucho trabajo, un constante ir de aldea en aldea, predicando, pero también mucha oración. Señor, que nosotros sepamos unirlos también.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.