Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. “Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron”. Hoy el Señor se nos presenta como el que siembra la palabra. Alguna semilla cae en el camino duro y ni echa raíces: llegan los pájaros y se la comen. ¡Tánto puede endurecerse el corazón del hombre, Señor, ante tu Palabra! Es como si no la oyera… Me estremece, Señor, pensar que yo pueda llegar a eso. Hoy te ruego por las personas que están en esa situación de dureza ante tu Palabra. Que la lluvia de tu gracia ablande su corazón. Y no permitas, Señor, que mi corazón se endurezca hasta ese extremo.
2. “Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó.” Después está la semilla que cae en terreno Pedroso. Brota. Pero la tierra es escasa, y el sol la seca pronto. Aquí, Señor, sí me veo yo. ¿No hay, a veces, en mi corazón más roca que tierra? Escucho la Palabra: una homilía, una meditación, una convivencia, una charla… Me entusiasmo. Comienzo una vida de más oración, de mayor entrega y servicio a los demás, etc. Pero llega la dificultad, el ambiente que no acompaña, la rutina de los días…, y el entusiasmo se marchita y muere. Señor, ¡cambia este corazón inconstante! Dame más firmeza en mis propósitos, más perseverancia ante la dificultad. Y “otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron.” Es lo que también ocurre muchas veces en mí. De pronto digo que sí a la Palabra de Dios. Y es sincero mi sí. Pero las zarzas de las preocupaciones, de los afectos humanos desordenados, del afán de lo material, etc., lo ahogan pronto. Escribe Martín Descalzo: “la palabra de Dios sólo crece en la alta soledad de quienes han sabido limpiar su alma de sucias adherencias”. Señor, ¿qué zarzas tengo que arrancar de mi corazón, de qué sucias adherencias necesito limpiarlo para que tu Palabra crezca?
3. «El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta Finalmente, está la tierra buena». Es el corazón abierto, que acoge la palabra y en él arraiga y crece y da fruto. En unos más, en otros menos, pero hay fruto: la siembra no se ha frustrado. Este es tu consuelo, Señor: al menos algunos sí acogen tu Palabra y la viven. Señor, yo quiero ser de éstos; quiero ser tierra buena, donde tu Palabra dé fruto. Como lo fue tu Madre María, Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Juan XXII y tantos otros. Señor, sigue sembrando tu semilla en mi corazón y riégala con tu gracia abundante para que dé fruto.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.