Domingo 16º del Tiempo Ordinario – (C)

Paso la palabra. Para meditar cada día
Domingo 16º del Tiempo Ordinario – (C)
Por Jesús Aniorte

1. Preparación

Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.

Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.

2. La palabra de Dios

En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Ésta tenía una hermana llamada Maria, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se paró y dijo: - «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano.» Pero el Señor le contestó: - «Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. » (Lucas 10, 38-42).

1. El evangelio de hoy nos habla de hospitalidad, de acogimiento, de apertura. En su correría apostólica llega Jesús a la aldea de Betania. Dos hermanas, Marta y María, le acogen en su casa. Marta se mueve de aquí para allá, preparando la comida para Jesús. Y María “sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra.” Ella no se aparta del Maestro, al que tanto quiere; no quiere perder ni una palabra suya. Marta no entiende que María se limite a escuchar sin hacer nada. Y, nerviosa al ver que no alcanza a todo, protesta: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el servicio? Dile que me eche una mano." Pero el Señor le contestó: "Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor parte, y no se la quitarán.”

2. La respuesta de Jesús es una invitación al sosiego, a la escucha de Dios, de su Palabra. Dios viene para darnos, no para que le demos. Comenta San Agustín: «Marta, preocupada de prepararle la comida al Señor, andaba ocupada en mil cosas. María, su hermana, prefirió que el Señor le diese de comer a ella.” A nosotros nos pasa lo que a Marta a veces: andamos demasiado ocupados; son tantas las preocupaciones que tenemos, tantos los trabajos -incluso apostólicos-, obras de caridad o sociales, tantas obras buenas que hacer que no nos queda tiempo para la escucha y la oración. Sta. Teresa, hablando de los jesuitas de su tiempo, decía: “Hay muchas cabezas perdidas en la Compañía por el mucho trabajar.” ¿No podría decir la santa lo mismo de de muchos cristianos, y hasta de muchos sacerdotes y religiosos, Señor? Porque, como alguien ha dicho, a ti estamos dispuestos a dártelo todo, hasta nuestro dinero, pero no nos pidas un rato para ti solo. Dice J. Antº Pagola: “Necesitamos hacer silencio, curarnos de tanta prisa, detenernos despacio en nuestro interior,…escuchar la llama silenciosa de Dios… Lo que cambia el corazón del hombre y lo renueva es la comunicación con el Dios Viviente.” Si no cambiamos, ¿no será que nos falta esa comunicación contigo, Señor?

3. Y no se trata de contraponer la oración a la acción. Marta y María, las dos, amaban y servían a Jesús, y Jesús se siente amado y honrado por las obras de amor de ambas hermanas. Pero Marta ha convertido la acogida a Jesús en un activismo ansioso, que le impide lo más importante: estar con la persona del Amigo. Dice Stöger que Marta “no comprende que Jesús quiere ser primeramente el que da, no el que recibe; no comprende que ha sido enviado para anunciar la salvación, y que la mejor manera de servirle consiste en oír y cumplir su palabra de salvación.” El cristiano ha de conjugar las dos actitudes, pues: escuchar atentamente la Palabra de Dios y entregarse también al servicio de Jesús en los necesitados. Hoy el Señor nos invita a no caer en el activismo ansioso. De vez en cuando hay que detenerse y ponerse a la escucha del Señor. ¿A dónde llevará la actividad desenfrenada que no se alimenta de la escucha de la palabra del Señor y de la oración? Nuestro servicio a los hermanos sólo será auténtico si antes hemos acogido a Cristo y su palabra. San Francisco de Asís recomendaba a sus frailes que trabajaran con diligencia, pero insiste en que se cuiden mucho de que el trabajo “no apague el espíritu de la santa oración y devoción.” Para que esto no ocurra en mí, Señor, necesito cada día, como han hecho todos los grandes apóstoles, retirarme de en vez en cuando al silencio y a la soledad, para sentarme a tus pues, como María, y escuchar tus palabras.

3. Diálogo con Dios

A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.

18/07/2010


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