Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús es el enviado del Padre para anunciar a los pobres el gozo del amor de Dios y para liberar de la enfermedad y de toda opresión del demonio. Así, mediante la palabra, Jesús proclamaba el amor del Padre y llamaba a la a la gente a la conversión, es decir, a acoger ese amor. Pero a las palabras de Jesús, siempre seguían las acciones: curaba a los enfermos, perdonaba los pecados, liberaba a los que estaban oprimidos por el mal. Ayer veíamos que esa misma tarea es la que encarga a los Apóstoles y a todos sus seguidores. Hoy repite el mismo envío: “Id y proclamad que el Reino de los cielos está cerca; curad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad demonios.” Es lo que ha de hacer todo apóstol: Proclamar y actuar... Gracias, Padre, por el don de tu Hijo Jesús, que nos ha revelado tu amor y nos ha llamado proseguir su tarea de anunciar a los pobres y a todo el que sufre el gozo de la liberación, y para curar a los enfermos y vendar los corazones rotos.
2. Evangelizar, anunciar el proyecto salvador de Dios, que se ha cumplido en Jesús: ésa es la misión de todo cristiano. Pablo VI escribió: “La orden dada a los Doce: `Id y proclamad la Buena Noticia` vale también, aunque de manera distinta, para todos los cristianos.” El mandato, pues, de Jesús a los apóstoles hemos de escucharlo como dicho a nosotros, sus discípulos de hoy. Y para cumplir esa misión la palabra es importante, pero lo es más la vida, vivir y obrar lo que decimos... San Pablo decía a los corintios: “Sois una carta de Cristo”. Es lo que debemos ser cada cristiano: una carta de Dios para los de la familia, para los amigos y compañeros de trabajo, para todo el que se relacione con nosotros… Y hacerlo todo, no apoyados en medios materiales, ni en cualidades extraordinarias, sino en la fuerza del Señor, en su palabra. Por eso nos dice: “No llevéis en la faja oro, plata ni calderilla; ni tampoco alforja para el camino, ni otra túnica, ni sandalias, ni bastón; bien merece el obrero su sustento”. ¡Qué otro sería nuestro mundo, si los que nos oyen y ven pudieran decir: vive según “predica”!
3. Los que somos de Jesús hemos sido elegidos por él gratuitamente. No hemos de olvidarlo. Porque ¿qué hemos hecho nosotros para merecer su elección? Todo lo que hay en nosotros de bueno es regalo del Señor… Y si la bondad del Señor se ha volcado en nosotros gratuitamente, nosotros hemos de ser generosos con los demás: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis,” dice Jesús. Necesitamos, Señor, que nos lo recuerdes. Porque el orgullo y la vanidad pueden jugarnos malas pasadas; podemos matarnos trabajando por el evangelio y por los demás, pero buscando gratificaciones egoístas: la aprobación de la gente, el agradecimiento, el aplauso, el afecto... Señor, líbranos de caer en esa trampa; que demos gratis lo que gratis nos has dado, sin buscar otra cosa que la gloria de Dios y el bien de los hermanos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.