Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús va venciendo el mal: ha curado enfermos y ha dominado la tempestad. Con ello va mostrando que el reino de Dios está presente. Que el bien se está abriendo camino entre los hombres. Hoy lo vemos liberando del mal espíritu a dos hombres. Tal vez eran enfermos mentales, peligrosos por su agresividad. Se les había expulsado de la ciudad, y vivían en el cementerio, el lugar de los “sin-vida”: “Desde el cementerio, dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino. ” Los endemoniados reconocen la condición divina de Jesús, pero se resisten a su acción liberadora, y le gritan: «¿Qué quieres de nosotros, Hijo de Dios? ¿Has venido a atormentarnos antes de tiempo?»… Notemos que sin que Jesús haya dicho palabra contra ellos, los demonios reconocen que con Jesús ha llegado el fin de su poder. Ante este episodio de los endemoniados de Gerasa, pienso, Señor, en mí. Y veo que mi corazón sigue habitado por los “demonios” del orgullo, de la comodidad, de la envidia, de la ambición, de la intolerancia, de ciertos rencores, etc. Señor, bien sabes que lucho, pero no logro vencerlos definitivamente. Tú que puedes, ven en mi ayuda. Expúlsalos de mi corazón.
2. A distancia se veía una gran piara de cerdos. Los demonios, que ya habían reconocido su derrota, rogaron a Jesús: «Si nos echas, mándanos a la piara.» Jesús les dijo: «Id. Y salieron y se metieron en los cerdos”» Como la enfermedad y la tempestad también los demonios se someten a la palabra de Jesús y dejan libres a aquellos hombres a los que oprimían. Para los judíos el cerdo era un animal impuro. Y los espíritus impuros se refugiaron en los cerdos impuros. “Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo y se ahogó en el agua.” Y es que, en un mundo en que se está haciendo presente la vida nueva, el reino de Dios, ni en los impuros cerdos hay lugar ya para el demonio... Cuando nosotros abrimos las puertas para que el Señor entre en nuestras vidas, ¿no hemos experimentado que huyen todos los “enemigos”? Llevamos tiempo luchando contra una pasión, contra un pecado dominante…, y no logramos nada; pero cuando llega el Señor, ¡cómo se acalla la pasión y huye el pecado! Señor, cuando me sienta esclavizado, acudiré a ti, que has vencido ya el poder del mal, y seré libre.
3. Pero ni los porquerizos y ni la gente se alegraron ante la liberación de los dos hombres. Al contrario, al enterarse de lo sucedido, el pueblo entero salió al encuentro de Jesús y “le rogaron que se marchara de su país.” También ellos se oponen al poder liberador Jesús. Tal vez valoraban más sus cerdos que la sanación de aquellos enfermos. O tal vez temían que Jesús cambiara sus vidas instaladas, y prefieren librarse de él... Nosotros, a veces, ¿no ponemos “el negocio”, o lo que tenemos, por delante de lo que Jesús nos ofrece?... Es el poder de la libertad que nos has dado, Señor: podemos decirte, que no, y pedirte que te vayas con tu gracia y tu amor liberador a otra parte. Y tú obedeces. Cuántas veces, Señor, como los gerasenos, temo que vengas a mi vida y trastoques las cosas. Tan instalado estoy en mi cristianismo rutinario, mediocre y chato…, que me da miedo el cambio. Tan necio y mezquino soy, Señor. Perdóname. Y aunque lo tema, ven y líbrame del mal, cambia mi vida.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.