Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús decide subir a Jerusalén, porque “se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo.” Para que le preparen alojamiento en los pueblos y aldeas por los que va a pasar, envía a unos por delante. Y en la primera aldea donde entran no quieren acogerle, precisamente porque va a Jerusalén, y los samaritanos no querían saber nada de esa ciudad. Este primer rechazo es símbolo del rechazo que sufrirá Jesús de parte de las autoridades judías. Y del mío y del de tantos… ¿Por qué, Señor, tenemos tanto miedo a acogerte? ¡Cuántas veces te he dejado a las puertas de mi vida, sin atreverme a abrirte! Aquellos samaritanos, por no acogerte, se perdieron encontrarse contigo, escuchar tu mensaje salvador, y tal vez, ser favorecidos con otras gracias. Y yo, por no abrirte la puerta, ¿cuántas gracias me he perdido? ¡Qué necio he sido, Señor, perdóname!
2. Pero en aquel camino Jesús encuentra a tres personas que sí expresan deseos de acogerle y seguirle. Mas responden de manera muy distinta a las exigencias de Jesús. Hay uno dispuesto a seguirle sin poner condiciones: “Te seguiré adondequiera que vayas” Es la respuesta que Jesús pide: irse con él adonde quiera que vaya. Así, sin más. Que lo único importante sea estar con el Señor, ser sus amigos. Lo demás es secundario... Cómo me gustaría, Señor, decírtelo yo siempre. Al del evangelio le adviertes que no se haga falsas ilusiones: “El Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.” Irse contigo, Señor, es quedar a la intemperie, ponerse en camino sin instalarse en ninguna comodidad. Como Abraham, que deja patria y familia y no sabe qué va a encontrar. Como Francisco de Asís, que renuncia a todo, para ser pobre contigo pobre, y vivir según la forma de tu santo evangelio. ¿Cuándo me arriesgaré yo a seguirte así, “adondequiera que vayas”, sin más?
3. Los otros dos desean seguir a Jesús, pero... después: Uno lo hará cuando entierre a su padre. El otro, cuando se despida de los suyos. Jesús les advierte que el seguimiento no es algo que se pueda dilatar. San Agustín comenta: “El Señor, cuando prepara a los hombres para el Evangelio, no quiere que interpongan ninguna excusa de piedad temporal o terrena…” Por eso dice al primero. "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios". Y al segundo: "El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios." Enterrar al padre era un acto de misericordia, y despedirse de la familia no tenía nada de malo. Pero ahora lo urgente es anunciar el reino de Dios. Es lo primero y no admite excusas ni demoras. ¿No estoy yo aquí: indeciso, pensándome las cosas, dando largas a mi respuesta, y hasta mirando atrás añorando, a veces, lo dejado? Señor, que al escuchar tu llamada, no dude en responderte que sí de modo pronto e incondicional. Y que camine mirando siempre al frente, que te mire a ti, nunca atrás.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.