Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Lucas nos presenta en diversas ocasiones a Jesús orando. Casi siempre en momentos en los que iba a tomar alguna decisión impotanrte. Como cuando se disponía a elegir a los doce Apóstoles y hoy antes de iniciarlos en el misterio de su misión mesiánica. Es como si Jesús quisiera enseñar a sus discípulos que hay momentos en los que hemos de contar más con Dios... Y, si Jesús daba mucha importancia a la oración, ¿por qué los cristianos la valoramos tan poco y apenas oramos? Este poco interés por la oración lo expresa bien el conocido refrán que dice:“Sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena.” Algunos, si nunca se vieran en algún apuro, ¡qué poco se acordarían de Dios! Y para nosotros ¿la oración es una necesidad, como lo es respirar o comunicarnos con el amigo? Señor, que cada día busque algún momento para, en diálogo con el Padre, alimentar mi fe y mi amor a Dios y a los hermanos.
2. Jesús comenzó su predicación proclamando “el año de gracia del Señor”, es decir, la intervención decisiva de Dios para librar de la esclavitud del mal a todos los que su-frían. Y ha ido mostrando con signos en favor de los que sufren que era cierto que ha-bía comenzado esa intervención de Dios para liberar a los pobres y oprimidos por el mal. Ahora diríamos que quiere verificar el resultado de su predicación y de su actividad: ¿qué opinión se ha formado la gente de él? Lo pregunta a los discípulos que, en contacto con la gente, han podido recoger esa opinión. La respuesta que le dan releja un cierto desconcier y división de opiniones en la gente: "Unos dicen que Juan el Bautista, otros que Elías, otros dicen que ha vuelto a la vida uno de los antiguos profetas." Pero a Jesús lo que de verdad le importa es conocer hasta qué punto los discípulos han penetrado en su misterio. Por eso les pregunta: “Y vosotros ¿quién decís que soy yo?” Pedro responde: “Tú eres el Mesías de Dios.” Es decir, tú eres el que espera Israel para que colme todas sus esperanzas de liberación; el que tiene que cambiar las cosas e inaugurar el nuevo mundo anunciado por los profetas.
3. Después de esta confesión, Jesús les declara cómo va a ser su “mesianidad”, es decir, cómo va a realizar su misión renovadora de todo: “ El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día …” El mesianismo de Jesús, pues, es bien distinto del que espera el pueblo y los mismos discípulos. No es un mesianismo de poder político, religioso y social, sino un mesianismo de servicio y entrega hasta la extenuación en la lucha contra lo que impide al hombre que se realice plenamente según los planes de Dios… Y despúés señala a los discípulos que ellos tienen que asociarse a ese mismo destino: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día se venga conmigo. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará.” Cargar con la cruz no es andar renunciando a toda alegría y satisfacción de la vida, y buscando el dolor por el dolor, sino vivir la actitud de servicio humilde y de entrega generosa que vivió Jesús, y aceptar con esperanza las renuncias y las contrariedades que ese estilo de vida nos proporcinone. Señor, siempre me asusta la cruz de tu seguimiento, la cruz de la entrega incondicional a los hombres, que me obliga a hacer pedazos mi egoísmo, mis falsas seguridades y mis esclavitudes. Que hoy me decida y dé un paso al frente para seguirte.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.