Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy Jesús nos da un fuerte toque de atención sobre los bienes materiales. La excesiva preocupación por ellos ¡qué fácilmente esclaviza el corazón humano! Y es porque pensamos que van a asegurarnos la vida y la felicidad. Pero el Señor nos advierte que no son lo verdaderamente importante: “No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma los roen, donde los ladrones abren boquetes y los roban.” Efectivamente, -se llamen como se llamen- ¿cuánto durarán? Son caducos y antes o después los perderemos. Aunque los ladrones o la mala fortuna los respetaran, la muerte nos los robará indefectiblemente. Sin nada entramos en el mundo y sin nada saldremos de él. ¿Para qué almacenar tanto, pues? Si compartiéramos más, tendríamos menos, pero ¿nuestra sociedad no sería más humana y más según el corazón de Dios? Señor, que confiemos en ti y en el amor a los hermanos más que en los bienes de este mundo.
2. A los de Jesús nos deben preocupar los bienes del Reino, las buenas obras de amor y entrega a Dios y a los hermanos. Estos ni la muerte nos los arrebatará: “Amontonad tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roan, ni ladrones que abran boquetes y roben”. Dice san Juan Crisóstomo que, al final, sólo tendremos lo que hayamos dado. Y un proverbio hindú afirma: “tendrás en tus manos muertas lo que hayas dado con tus manos vivas”. “Donde está tu tesoro allí está tu corazón”, dice el Señor. Nosotros ¿dónde tenemos nuestro corazón? ¿De qué bienes está lleno? Hablamos mucho de que lo importante es “ser”, no, “tener”. Pero, Señor, después, en la vida de cada adía, nos matamos por “tener” más y más. Y nos olvidamos de que en la otra vida –como dice Atilano Alaiz- sólo “seremos”, no “tendremos.” Señor, sana nuestro corazón de tanta ambición egoísta y materialista.
3. “La lámpara del cuerpo es el ojo”. Para los que escuchaban a Jesús, la lámpara doméstica era de suma importancia. Imaginémonos en la noche cerrada: se apaga la lámpara, y ¡qué desconcierto! El ojo corporal es imagen del corazón. Jesús dice: “Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras.” Es decir, si el corazón está sano y no está cegado por la codicia y los intereses egoístas, la vida toda es transparente y estará orientada hacia los tesoros del cielo. Las buenas obras de amor brotarán del corazón, y miraremos a los demás también con una mirada limpia que descubrirá la bondad que hay en ellos. Ah, pero si el corazón está corrompido y oscurecido por la ambición de los bienes caducos y las pasiones desordenadas, la vida se hace oscura, y la mirada se enturbia, y no ve qué es lo verdaderamente bueno, ni ve lo bueno que hay en el otro. Señor, ilumina nuestros corazones con la luz de tu bondad; limpia nuestra mirada para que veamos lo bueno que hay en el mundo y en los demás.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.