Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La fiesta del Corazón de Jesús es la fiesta de la ternura de Dios para con nosotros. Un día para quedarnos extasiados ante el Corazón enamorado de Dios y darle gracias por el gran amor con que nos ama, un amor no ganado, gratuito. Lo dice San Pablo: “...la prueba del amor que Dios nos tiene nos lo ha dado en esto: Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”... (2ª Lectura, Rom 5,8.) Y si Cristo ha muerto por nosotros por amor, ¿cómo no amarle, cómo no responder a su amor, cómo quejarnos ante las renuncias que hay que hacer para seguirle, para vivir su evangelio? En verdad, Señor, contemplando tu generosidad, descubro lo grande que es mi ingratitud. Tú entregaste la vida, y yo me resisto a entregarte algunas minucias: aceptar la incomodidad de ponerme al servicio de un hermano, tragarme el rencor o el disgusto ante una ofensa o incomprensión sin buscar desquite, renunciar a algún placer pasajero, etc. Señor, que hoy, al contemplar tu Corazón que así me ama, mi corazón duro se ablande.
2. Los dirigentes religiosos judíos no entendían y criticaban a Jesús, por su comportamiento tan comprensivo con los pecadores. Y con la parábola de la oveja descarriada -y otras- les dice que se comporta así, porque así es Dios. Dios es el que busca al pecador y no se resigna a perder a ninguno de los suyos. Como el pastor que busca la oveja descarriada, sin que le basten las otras noventa y nueve que siguen en el redil. Por eso, cuando la encuentra, se alegra y pide albricias a los amigos: “ ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido ." Y añade que así ocurre en el cielo:“habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse”. ¡Qué consoladora noticia, Señor, para los que somos débiles y pecadores! Dios no es el que nos rechaza y condena, sino el que siempre nos busca. Cuando nos sintamos perdidos, recordemos que una cosa es segura: que Dios nos está buscando. Gracias, Señor Jesús, por revelarnos el corazón bondadoso de Dios.
3. En el Corazón de Jesús se nos revela todo el amor y toda la ternura de Dios. Lo dijo Juan Pablo II: “Todo lo que Dios quería decirnos de sí mismo y de su amor, lo depositó en el Corazón de Jesús y lo expresó mediante este Corazón”. Contemplando el Corazón de Cristo, abierto, roto por amor, que trata con cariño a la oveja descarriada, ¿cómo no preguntarnos si nosotros tratamos a los hermanos que fallan con la misma comprensión?; ¿somos nosotros –con nuestro comportamiento- revelación viviente del amor y la ternura y la compasión de Dios? Señor, ante el pecado del hermano, ¡qué fácilmente surgen en mi corazón el juicio, el rechazo y la condena! Yo, Señor, que tantas veces he experimentado tu misericordia y perdón, condenando y rechazando al otro. Perdóname, Señor, cambia mi corazón duro. Que mire al hermano que cae, con los ojos de misericordia y amor con que tú me miras a mí.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.