Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy el Señor nos invita a acoger la Palabra de Dios con gozo y con alegría. Como el pueblo acogió la proclamación de la Ley que le había hecho el sacerdote Esdras: “El Pueblo levantando las manos respondió: Amén, Amén”. Sí, sí. (1ª lectura). También a nosotros el Señor nos reúne cada domingo y nos proclama la Palabra de Dios. Nosotros respondemos: “Te alabamos, Señor,” y al evangelio, ¡”Gloria a ti, Señor!” Pero ¿la acogemos con entusiasmo, con hambre, como buena noticia, como palabra liberadora, palabra de vida y de luz, y alimento para el camino? ¿Nos preguntamos qué nos dice la Palabra hoy, es decir, en la situación concreta en que se encuentra cada uno? Que así sea, Señor.
2. El evangelio nos presenta a Jesús volviendo a Galilea, empujado por la fuerza del Espíritu. Va a Nazaret, su pueblo, entra en la sinagoga y, ante sus paisanos, lee estas palabras de Isaías: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido. Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el año de gracia del Señor.» Estas palabras de Isaías se las aplica Jesús a si mismo, y, al hacerlo, declara que él es el “Ungido” de de Dios, el Mesías. Y que ésta será su misión: no una misión de condena, sino de misericordia, de amor, de gracia: liberar a los hombres de las esclavitudes y males que les oprimen, iluminar las cegueras que los atormentan, proclamar la gracia y el favor de Dios. Y no sólo a los judíos, sino a todos los hombres. Esto es lo que veremos que hará Jesús: sanar, perdonar, acoger y poner en pie a los pobres, despreciados y marginados… Y esta ha de ser también la tarea encomendada a los cristianos, liberados y ungidos por el Espíritu y enviados por él para liberar a los hombres de toda opresión y esclavitud que rebaja su dignidad de personas y de hijos de Dios. Tú, Señor, realizaste bien tu misión. En los Hechos san Pedro resumirá tu vida diciendo: “pasó haciendo el bien”. ¿Cumplo yo la tarea que me has encomendado? ¿Se podrá decir de mí que pasé haciendo el bien?
3. Al concluir la lectura de Isaías, Jesús proclama: “Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír,” es decir, el “hoy de la salvación”, al que han mirado los profetas y en el que se han concentrado los grandes anhelos y esperanzas de Israel, ya está presente, ya está actuando. Como comenta L. Evely, “hoy se va a realizar con vosotros, por vosotros, para vosotros, esta profecía del Señor”. Y, a partir de ese momento, por donde ande Jesús irá floreciendo la salvación, irá abriéndose paso el Reino de Dios, y el mal irá cediendo. Y también “hoy se cumple esta Escritura” en aquellos que creen y la acogen en su corazón y se dejan liberar. ¿Nosotros la acogemos?, ¿acogemos el Reino de Dios?, ¿nos entregamos a él? Señor, que venga a nosotros tu Reino de amor, de liberación, de misericordia.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.