Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. De nuevo vemos a Jesús en Cafarnaúm, y que la gente le busca: “ Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. El les proponía la palabra.” Es lo primero que hemos de aprender hoy: desear estar con Jesús, ir a él para escucharle. Aquellas gentes, cuando se enteraron que estaba en el pueblo, hicieron un alto en sus trabajos y se fueron a escucharle. ¿Cada día hacemos nosotros un alto en nuestras tareas –aunque sea breve- para escuchar al Señor en la oración, en la lectura del Evangelio? Si cada día dedicáramos un rato para estar con el Señor y escucharle, ¡cómo nos iría cambiando su Palabra! Señor, que sea importante para mí escucharte; que no piense que es cosa que puedo omitir por cualquier causa. Y sobre todo, Señor, que me deje impregnar de tus “odoríferas palabras” -como las califica S. Francisco de Asís-. Así mi vida desprenderá cada vez más olor a ti.
2. Cuatro hombres traen a un paralítico. El gentío les impide llegar a Jesús. Pero abren un boquete en el tejado y descuelgan la camilla con el enfermo. El Señor, viendo la fe de aquellos hombres, dice al enfermo: "Hijo, tus pecados quedan perdonados". El enfermo no ha pedido ser perdonado. Ellos han ido buscando la curación corporal, y Jesús ve la parálisis física que esclaviza a aquel hombre, pero, sobre todo, ve que necesita saber que Dios le ama, que no le rechaza, y por eso le perdona sus pecados. Según la mentalidad de entonces, los males físicos eran castigo por el pecado. Por eso el enfermo se sentía rechazado por Dios. De ahí que Jesús empezara anunciando al enfermo el amor de Dios que le perdona y le libera de sus pecados, de lo malo que hay en su corazón… A veces nosotros pensamos que lo que nos está haciendo sufrir está “fuera”: que es la enfermedad, el comportamiento de los otros, la incomprensión de la familia, u otras causas. Y no vemos que la verdadera causa de nuestro mal está “dentro”, en nuestro corazón: el orgullo que no acepta nuestros fallos o limitaciones, el resentimiento contra el que nos ha ofendido o pensamos que no nos valora lo suficiente, la envidia de los que triunfan o son mejor valorados, no aceptar al que no concuerda con nosotros, etc. Señor, como al paralítico, di sobre mí tu palabra de perdón, que es la que necesito para sanar y recobrar la paz y la ilusión.
3. Unos letrados que estaban allí critican a Jesús: “¿Por qué habla éste así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios?" Jesús sale al paso de su escándalo, diciéndoles: “ para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entonces le dijo al paralítico: "Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa.” Como diciendo: si puedo hacer lo más “difícil”, que - miradas las cosas como las miráis vosotros-, es sanar la parálisis corporal, también puedo perdonar los pecados... Desgraciadamente hoy son muchos los que sonríen, escépticos, cuando se les habla del perdón de los pecados. ¡Cuando es el mayor gozo que podemos experimentar: sentirnos amados por Dios tan incondicionalmente, que nos perdona las ofensas cometidas contra él y contra sus hijos! Señor, gracias por tu amor hecho perdón, que aprecie más el sacramento del perdón y lo frecuente agradecido. Y a los que no sienten necesidad de ser perdonados, concédeles recocerse pecadores, y descubrir que tú les estás esperando con los brazos abiertos para perdonarles.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.