Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La liturgia nos recuerda hoy de nuevo: “la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios…Y la Palabra se hizo hombre y acampó en medio de nosotros.” En la obra teatral de Paul Sartre titulada “Bariona, o el Hijo del trueno” (obra escrita y representada en el campo de concentración) hay un personaje que, hablando de la desesperanza y el sinsentido de la vida, afirma: «Si Dios se hiciera hombre por mí, le amaría de tal modo que no habría otra cosa en mi vida, y todos los medios a mi alcance se-rían pocos para darle gracias. ¡Un Dios que se hiciera hombre en mi humilde carne! ¡Un Dios que quisiera saber cómo es el gusto de la sal en mi boca, que cargara de antemano con todas las miserias que yo padezco! ¡No, eso es un absurdo! Si Dios se hiciera hombre, lo cual es una suposición, una esperanza sin objeto, brillaría una luz entre los hombres que nunca se apagaría. Daría mi mano derecha si pudiera creer esto, aunque sólo fuera por un momento». Pues bien, eso que al personaje de la obra del ateo Sartre le parecía “absurdo”: un Dios hecho hombre en nuestra humilde carne, en lo que deseaba poder creer dicho personaje, es lo que venimos celebrando en todo este tiempo de Navidad: que Dios no ha querido estar lejos de nosotros, que se ha abajado y se ha hecho uno de nosotros, para cargar de antemano con todas las miserias que padecemos los hombres. ¿No es para alegrarse y sentir que del corazón huyen todas las tristezas y desesperanzas?
2. Al personaje creado por Sartre que Dios se hiciera hombre le parecía “una suposición, una esperanza sin objeto”. Y nosotros ¿creemos de verdad que Dios se ha hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano y compañero? Porque sobre esto escribe J. A. Pagola: “A los hombres nos sigue pareciendo todo esto demasiado hermoso para ser verdadero. Un Dios hecho carne, identificado con nuestra debilidad, respirando nuestro aire y sufriendo nuestros problemas. Y seguimos buscando a Dios arriba, en los cielos, cuando está abajo en la tierra. Y seguimos persiguiéndole fuera, sin acogerlo con fe en nuestro interior”. ¡Qué absurdo celebrar que Dios se ha hecho uno de nosotros, y después olvidar que Dios vive con nosotros!... ¿Dónde buscamos Dios? ¿Creemos realmente que no estamos solos, que no luchamos solos, que Dios está con nosotros?; ¿creemos que se ha hecho nuestro hermano, nuestro amigo, nuestro compañero de camino, y está y nos sale al encuentro en los débiles y excluídos que nos rodean?
3. Frente al gran amor y generosidad de Dios para con su pueblo, Juan constata la ingratitud de un Israel que no le recibe: “La Palabra vino a su casa, y los suyos no la recibieron.” Dice Benedicto XVI: “El teólogo medieval Guillermo de S. Thierry dijo una vez: Dios ha visto que su grandeza –a partir de Adán- provoca resistencia; que el hombre se siente limitado en su ser él mismo y amenazado en su libertad. Por tanto, Dios ha elegido una nueva vía. Se ha hecho niño. Se ha hecho dependiente y débil, necesitado de nuestro amor. Ahora –dice ese Dios que se ha hecho niño- ya no po-déis tener miedo de mí, ya sólo podéis amarme.” Nosotros no temamos abrirle el corazón y recibirle. El personaje de la obra de Sartre, decía: “ Si Dios se hiciera hombre por mí, le amaría de tal modo que no habría otra cosa en mi vida”. Nosotros que creemos que Dios se ha hecho hombre por nosotros –por cada uno de nosotros-, ¿cómo no vamos amarle de tal modo que no haya otra cosa en nuestra vida? Así quiero amarte yo, Señor, que no has tenido miedo de rebajarte y hacerte niño débil y dependiente y necesitado de mi amor. Y quiero que mi vida toda sea bendecirte y darte gracias por tanto amor como me das.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.