Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy, a las puertas ya de la Navidad, contemplamos de nuevo a María, la Madre. Una Madre que espera. Imaginemos cómo sería la espera de la Virgen... ¡Cómo oraría María! ¡Con qué gozo y fervoroso deseo suspiraría por la llegada del Deseado de las naciones, que llevaba en su seno, el que “será grande, y se llamará Hijo del Altísimo”, como le anunció el ángel! ¡Cómo se prepararía ella y prepararía todo para recibirle! Nosotros también lo esperamos. ¿Cómo es nuestra espera, cómo nos estamos preparando para su llegada? ¿Oramos lo bastante, lo deseamos profundamente, pedimos que venga? Roguemos a la Madre, a la Maestra de la espera y Madre de la Esperanza que nos enseñe a esperar al Señor, a pedirlo, a prepararnos para acogerle.
2. El Mesías que esperamos será nuestra Paz, y pastoreará con la fuerza del Señor, como profetiza Miqueas, en la 1ª lectura. El será el pastor que convocará a todos para conducirnos a la paz. Pero la paz sólo es posible, si se destierra el orgullo, el egoísmo, el afán de dominar y ser y tener más que los otros. El modo, pues, de preparar la venida del Señor a nosotros, a nuestros hogares y a nuestro mundo, será eliminar todo lo que impida la paz, abriéndonos al amor y al servicio. En el evangelio volvemos a escuchar la alabanza de Isabel a María: “dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.” María es “la Creyente”, la que ha creído. Es la Madre del que viene a salvarnos, porque creyó que el Espíritu Santo era capaz de hacer fecundo su seno, aunque no conocía varón. Pidámosle hoy que nos enseñe a nosotros a creer que el Espíritu Santo es también capaz de fecundar estas vidas nuestras pobres y estériles, sin amor, para que en ellas amanezca cada día más Jesús, el Salvador, y lo podamos mostrar a este mundo nuestro que tanto lo necesita.
3. Se habla mucho de que se está perdiendo el sentido religioso de la Navidad. Efectivamente, son muchos los que la reducen a unas fiestas paganas… En la Navidad se dicen palabras muy hermosas: Paz, Amor, Alegría, Solidaridad...; pero apenas se pasa de las palabras: casi todo se queda en consumismo y despilfarro y alegría “de hojarasca”, sin contenido. Frente a esto, los cristianos hemos de recobrar el sentido hondo de la Navidad: Dios nos nace y viene a salvarnos, a hermanarnos a todos. Para ello nos preparamos. Vivamos estos días últimos de Adviento con los sentimientos de la Madre: Abrámonos cada vez más al Amor, tengamos un corazón agradecido ante el misterio del Dios-Amor que nos llega en Jesús. Y, como hace María, que, después de haber acogido el mensaje del ángel, se pone en camino para ponerse al servicio de Isabel, llevando en su seno al Hijo de Dios; así nosotros, llenos de Dios, pongámonos en camino hacia los que nos necesitan… ¡Hay tántos con las manos tendidas, esperando que se las agarremos y los saquemos del sufrimiento, de la pobreza, de la soledad…! El que se prepara para celebrar la Navidad de un Dios que se ha encarnado, no puede quedarse indiferente ante la necesidad del hermano. ¿Nos quedaremos nosotros? … ¡Ojalá la Navidad no se nos escape!
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.