Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Hoy, tercer domingo de Adviento, la liturgia nos llama a la alegría: “Estad siempre alegres en el Señor: os lo repito: estad alegres. El Señor está cerca.” (2ª lect.) Y la alegría a la que nos llama no es una alegría huera, sin motivo, como a la que llaman, en estos días, tantos anuncios de aquí y de allá. Es una alegría fundamentada en Jesús, el Salvador, que viene, que llega: “Alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor, tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva. El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta?” (1ª lect.) Tal vez nuestra situación personal, la de nuestras familias y de la sociedad en que vivimos nos sea agobiante, como lo era para el pueblo de Israel y para la comunidad de Filopos. Pero, como a ellos, hoy nos llega esta palabra de esperanza y alegría. El Señor viene. El se hace el Dios-con-nosotros para nosotros. Y él es más fuerte que todos los males que nos agobian. Y que nuestros pecados y esclavitudes. Por eso, ¿cómo no alegrarnos, escuchando la Palabra de Sofonías y de Pablo hoy?... Sí, Señor, hoy quiero abrir mi corazón a la esperanza gozosa de tu visita, de tu salvación. Y quiero contagiarla a los que me rodean y se encuentren conmigo.
2. En el evangelio nos encontramos con Bautista, que pide que cada uno dé los frutos que pide conversión, y la gente le pregunta: “¿Entonces, qué hacemos?” Por tres veces aparece esta pregunta en el evangelio, dirigida al Bautista. Pregunta que hoy debemos hacernos nosotros. El Señor llega, está cerca ... ¿Qué hemos de hacer para encontrarnos con él, para recibirle? El Bautista a la gente que le preguntaba no pedía cosas extraordinarias, sino cosas sencillas y concretas de su vida: compartir lo que tienen con los que nada tienen, y ayudar a los demás, ser honrados y justos, hacer bien lo que cada uno tiene que hacer, ser comprensivos y respetuosos, no manipular ni explotar ni aprovecharse de nadie, y menos de los más débiles. Es lo que nos pide a nosotros hoy: abrir caminos de justicia, de caridad y de respeto de los hermanos. Que ni el egoísmo ni la avaricia ni el deseo de tener más y más guíen nuestras acciones, sino que nos abramos al amor. Porque el Dios que viene es un Dios de amor. Y el camino hacia Dios pasa por el hermano. ¿Lo estamos haciendo así? ¿Va por estos derroteros nuestra preparación para la Navidad? Señor, que no equivoque el camino, que hoy escuche tu llamada.
3. Señor, en esta sociedad materialista y descreída, son muchos los que no preparan la Navidad. Sólo piensan en preparar las vacaciones, los regalos, las juergas, el despilfarro. Nosotros, Señor, queremos preparar tu Navidad, tu Nacimiento. Queremos celebrar con gozo que tú te haces el Dios-con-nosotros. Y abrirte el corazón para que “nazcas” un poco más en nosotros. Señor, que vea claro de qué tengo que vaciar mi corazón para que tú puedas entrar en él. Ven, Señor, y entra en esas parcelas de mi vida donde hasta ahora no te he dejado entrar. Y tú, María, Madre de la espera: enséñanos a esperar y recibir al Salvador con las mismas actitudes con que tú le esperabas y le recibiste.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.