Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los judíos esperaban la vuelta de Elías que prepararía la venida del Mesías. Como esto no había ocurrido, muchos decían que Jesús no podía ser el Mesías. Bajando del Tabor, los discípulos preguntan a Jesús sobre ello. Y Jesús responde: “Elías ya ha venido, y no lo reconocieron, sino que lo trataron a su antojo.” Ellos comprendieron que se refería a Juan Bautista, cuyas llamadas a la conversión y a preparar los caminos del Mesías habían despreciado los jefes judíos, y a quien Herodes había mandado matar por denunciar su vida de pecado. Esto mismo les dice Jesús que van a hacer con él: “ Así también el Hijo del hombre va a padecer a manos de ellos.” Y todo, Señor, porque ni los planes del Bautista ni los tuyos coincidían con sus planes, con las expectativas que se habían forjado de un Mesías político y poderoso. Porque ni Juan ni tú habíais irrumpido en el mundo con fuerza avasalladora y triunfal, sino de una manera humilde y pacífica; predicando, no la revolución violenta, sino un reino de amor, de paz, de misericordia y fraternidad.
2. Como siempre. ¡Cuánto nos cuesta aceptar los planes de Dios, si chocan con los nuestros! ¡Cuánto nos cuesta reconocer al Señor cuando no llega según nosotros esperamos y creemos que debe venir! Por ejemplo, el testimonio de gente normal, sencilla, que nos muestran –con su palabra y sus vidas- que es posible vivir los valores del evangelio y de las Bien-aventuranzas. Pero nosotros no queremos verlo. Y preferimos continuar con nuestra vida cristiana mediocre y rutinaria. Y es que, como meditábamos ayer, nos damos buena maña para encontrar razones “razonables” para no atender las llamadas de Dios a la conversión que nos llegan de mil partes. Y es que, Señor, somos duros de mollera y de corazón... Perdónanos. Ten paciencia con nosotros, como la tuviste con los discípulos, tan duros de cerviz también. Danos, en abundancia, la gracia que reblandezca nuestro corazón.
3. Se acerca la Navidad. Tú vienes, Señor, a nuestro encuentro. Danos unos ojos nuevos, que miren sin miedos ni prejuicios, y descubran tus venidas; y ábrenos los oídos para que reconozcamos tu voz amorosa que nos llama a convertirnos. En estos días Adviento ¡qué abundantes son tus llamadas, Señor! Pero ¿estoy respondiendo?; ¿estoy preparando los caminos para tu venida a mi vida? Que no tema que, con tu venida, me quites nada. Que vea claro que vienes a llenar de sentido mi vida, a darme la libertad que me falta y anhelo. Que sepa, Señor, discernir los signos y los “precursores” anunciadores de tu venida. Que, como ruega la liturgia de hoy, te deje amanecer en mi vida: “Dios todopoderoso, que amanezca en nuestros corazones el resplandor de tu gloria, Cristo, tu Hijo, para que su venida ahuyente las tinieblas del pecado y nos transforme en hijos de la luz. ” ( Colecta de la misa).
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.