Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los saduceos formaban un grupo político-religioso que negaban la resurrección. Hoy se acercan a Jesús -que sí defiende la resurrección de los muertos- y le preguntan sobre cuál de los siete hermanos que, cumpliendo la ley del levirato, se han casado con una misma mujer –la viuda de su hermano- para darle descendencia, sin que ninguno lo lograra, será su marido cuando llegue la resurrección, puesto que los siete han estado casados con ella. Con ello pretenden ridiculizar la creencia en la resurrección, y demostrar que, según la Escritura, esa creencia llevaría al absurdo. Jesús no responde a lo que le preguntan; simplemente les dice que no entienden nada sobre la vida futura. Según la mentalidad de los judíos, la vida de los resucitados era como la de aquí, aunque provista de lo bueno que podían desear. Jesús les dice que están equivocados; la vida de los resucitados no será semejante a la terrena sino muy otra. Los resucitados ya no pertenecerán a este mundo, sino a un mundo nuevo, donde no habrá ni muerte ni corrupción, ni hará falta procrear para la supervivencia de la especie: “los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.” ¿Qué pensamos nosotros de la vida eterna? ¿La deseamos? ¿Vivimos con la esperanza de poseerla?
2 Jesús apoya su doctrina recordando el episodio de la zarza ardiente, cuando Moisés llama al Señor “Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. Con lo que indica que los patriarcas, siguen vivos y adorando y alabando al Señor como a su Dios. De modo que el Dios de la Biblia “no es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos”. Del mismo modo podemos llamarle nosotros: ¡Dios de mis padres, de mis amigos, Dios de todos aquellos que quiero y he querido y han muerto! Porque todos son “vivientes” para Dios y en Dios, que es fuente de vida y resucitador. Pues, como dice A. Stöger: “El Dios de los vivos no se rodea de muertos”. ¡Qué consolador mensaje de esperanza, Señor! Como para espantar todas nuestras angustias y miedos ante la muerte y toda desesperanza ante la muerte de los seres queridos: nuestra meta no es la muerte, sino la vida en plenitud de fiesta y felicidad en Dios. Ante esto, ¿cómo no vivir lo que decía Teilhard de Chardin: “Vive feliz. Te lo suplico. Vive en paz. Que nada ni nadie te alteren. No te olvides de que estás en vísperas de la Gran fiesta y que la víspera ya tiene mucho de fiesta.”
3 Señor resucitado, los que creemos en ti, después la muerte, viviremos en Dios y para Dios una nueva vida: “Son como ángeles; son hijos de Dios”, dices. ¡Qué gozosa promesa: vivir como ángeles, como hijos de Dios, una vida totalmente llena del Espíritu de Dios, que es Vida, Amor, Gozo, Paz, Felicidad… y todo lo bueno que podamos soñar y desear! ¿Qué renuncia no valdrá la pena hacer por conseguirla, Señor? ¡Qué torpeza la mía cuando me vuelvo loco -y afronto cualquier sacrificio- por lograr fútiles y pasajeros goces y gozos de este mundo; y después, me echo atrás ante tus exigencias -que son las que me llevarán al gozo eterno-, porque suponen alguna renuncia o sacrificio! Enséñame, Señor, lo que debo hacer y a qué renunciar para estar entre los que “han sido juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos”. Que en cada momento, Señor, comprenda qué es “lo verdaderamente importante” para la eternidad.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.