Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Una vez más el Señor nos pone en guardia contra la tentación del orgullo y de la hipocresía religiosa de los escribas y fariseos . Ellos se revestían de la capa de hombres muy religiosos, pero para buscar las reverencias y alabanzas de la gente. Se creían mejores que los demás, y por ello, dignos de los primeros puestos. Señor, ¡qué peligro tenemos de caer en esta actitud! A poco que nos descuidamos, el pequeño o gran fariseo llevamos dentro, asoma la cabeza. Así caemos en el estúpido orgullo de creernos mejores que los demás, o hacer el bien, buscando más que nada ser bien visto y que nos tengan por buenos. Señor Jesús, dame un corazón sencillo y sincero que sólo busque tu gloria y vivir en tu amor.
2. Frente a la actitud orgullosa de fariseos y letrados, que a Jesús le produce repugnancia, ¡cómo le conmueve la generosidad humilde de la viuda pobre! En ella descubre un gran corazón y una generosidad más fuerte que su propia necesidad: «Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. ” Porque ella -sin alardes ni cálculos egoístas- ha echado todo lo que tenía para vivir, mientras los otros –con ostentación y calculando bien- han echado de lo que les sobra. Ante la actitud de esta mujer pobre, me pregunto, Señor: de mi tiempo, de mis bienes materiales, de los dones y cualidades que me has dado, de mi interés y preocupación, ¿qué te doy a ti, Señor, y qué doy a los demás? ¿Doy “de lo que tengo para vivir” o sólo “de lo que me sobra”?
3. ¡Qué atento está Jesús a las actitudes interiores de la gente! Es lo que de verdad le importa y valora. Dios no mira tanto qué hacemos y cuanto hacemos, sino cómo y por qué lo hacemos. No, como hacemos nosotros, que nos quedamos en lo exterior, en lo que vemos, y por eso condenamos fácilmente a los demás por cualquier cosa, sin pensar qué hay en su corazón. Señor, ¿qué ves hoy en mi corazón? ¿Ves sinceridad y amor como en aquella mujer pobre, o ves intereses torcidos de vanidad y orgullo como en los escribas? Por otra parte, hoy hemos de aprender a dar importancia a los pequeños detalles. A veces no podremos hacer grandes cosas, -como no podía dar grandes limosnas aquella viuda -, pero sí podemos hacer muchas pequeñas cosas, tanto en la vida familiar como fuera de ella, para ayudar a los demás y hacerles la vida más agradable y más alegre. Señor, que no los deje pasar; que no me escude en que son cosas sin importancia, sino que comprenda que es una manera de amar al hermano.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.