Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Otra vez el Señor condena el afán de figurar y estar por encima de los demás. Lo condena en aquellos comensales y lo condena en nosotros. Porque todos nos perecemos por aparecer y ser bien vistos y alabados por la gente. En la mesa y en la sinagoga, el puesto lo elegía cada uno según el rango o dignidad que él mismo se atribuía. Aquellos convidados intentaban, por tanto, ocupar los primeros puestos en la mesa, porque estaban convencidos de que esos puestos les correspondían, por ser mejores que los demás. ¿No pensamos así nosotros, muchas veces? ¡Qué fácilmente se mete el orgullo y la vanidad en nuestro corazón! Señor, dame un corazón sencillo y agradecido a tu amor. Que nunca me crea mejor que los demás. Si lo que tengo todo es gracia, ¿de qué me voy a enorgullecer? Gracias es lo que quiero darte constantemente por ser tan bueno y generoso conmigo.
2. El Señor aprovecha la ocasión y les dice: “Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro, y te dirá: cédele el puesto a éste.. . Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: amigo, sube más arriba.” Lo que Jesús enseña aquí no es una simple norma de urbanidad, ni una estrategia para que el anfitrión nos coloque en mejor puesto, sino que describe lo que ocurre en el Reino mesiánico, que se ha iniciado con él. En Reino del Mesías no se entra esgrimiendo derechos ante Dios, ni revistiéndose de la capa de justo y cumplidor, como hacían los fariseos. Al que así se comporta lo rechaza Dios. Al humilde, al sencillo, al pequeño, al que se sabe pecador y sin méritos para entrar en él, es al que Dios invita a entrar. Los fariseos, en su orgullo, se creían mejores que los demás. De ahí que se resistieran a convertirse y aceptar el reino que Jesús predica: ¡Si ya eran buenos y justos!... Yo, Señor, como el publicano del templo, sé que no puedo presentar méritos ante ti; sólo quiero decirte que tengas misericordia de mí.
3. ¡Cuánto nos cuesta aprender la lección! En nuestra sociedad, como en la de entonces, eso de humillarse y hacerse servidor de los demás no es de las actitudes que más se valoran. Más: hasta se mira como un sinsentido, y falta de autoestima. A los mismos discípulos ¡cuántas veces se lo repitió Jesús! Y hasta en la víspera de la entrega del Maestro andaban peleando por los primeros puestos. Les costó entrar por eso de humillarse y hacerse el último y servidor de los demás, para ser importantes en el Reino de Dios. Tuvieron que ver al Maestro de rodillas lavándoles los pies, para aprender. “ Todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”, nos dice hoy. Es lo que él hizo: abajarse, hacerse el último y servidor. Era Dios y tomó la condición de esclavo. Por eso el Padre lo exaltó como Señor de todo... Señor, cambia este corazón mío tan engreído y pretencioso; vacíalo de todos sus orgullos: que acepte por fin hacerme el último y servidor de los demás, como tú. María, Madre mía, tú la humilde sierva del Señor, enséñame a ser humilde y servidor de los demás.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.