Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. El Señor hoy nos invita a ver qué hacemos con su Palabra, la semilla que él ha sembrado y sigue sembrando en nuestro corazón. El Señor habla de cuatro clases de terreno, que son cuatro modos de acoger su Palabra. En primer lugar está el camino, terreno duro, donde la semilla es pisada y los pájaros la comen fácilmente. Son los que oyen la Palabra, pero no la acogen. Su corazón está tan endurecido que la palabra no arraiga. Cuando vivimos de una manera superficial, sin prestar verdadera atención a la Palabra del Señor, ¿no hay peligro de que se endurezca nuestro corazón hasta hacerse sordo para siempre a esa Palabra? Señor, me estremece pensar que pueda llegar yo a esa situación. Líbrame, Señor, de caer en ese peligro; y te ruego por las personas que han llegado a esa insensibilidad ante tu Palabra. Que la lluvia abundante de tu gracia ablande su corazón.
2. En segundo lugar está el terreno pedregoso donde la semilla brota pronto, pero se seca enseguida porque falta humedad. A muchos nos paso esto. En algún momento -como una predicación, un retiro, una meditación, una celebración solemne, etc.- nos conmueve la Palabra de Dios de una manera especial,… y nos enfervorizamos; pero, como no la “regamos esa Palabra” suficientemente con la oración y la contemplación, con el “rumiarla” y saborearla, etc., cuando llega la dificultad, el fervor se apaga. Y tornamos a la rutina y tibieza de antes. Otras veces, son las “zarzas” de las preocupaciones, del afán de lo material, del activismo loco, de la falta de silencio y meditación, etc., las que ahogan ese entusiasmo y buenos propósitos. Por eso, hoy preguntémonos: ¿De qué piedras tengo que limpiar mi corazón? ¿Qué zarzas están impidiendo que la Palabra crezca y dé fruto? Señor, concédeme la gracia de verlo claro, y la valentía de quitar esos estorbos.
3. Finalmente hay semilla que cae en tierra buena, y entonces da fruto. Son las personas que acogen la Palabra de Dios con corazón abierto, noble y generoso, y la guardan y la alimentan mediante la lectura y el estudio de la Biblia, la oración y los sacramentos. Y, sobre todo, la ponen en práctica día a día, aun en medio de dificultades. En éstos, si perseveran, si son constantes, la Palabra da fruto. Jesús concluye: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. Como quien dice: “Ya habéis oído. Ahora abridle el corazón a la Palabra, meditadla, oradla y vividla.” Señor, que yo sea tierra buena, donde tu Palabra eche raíces profundas, y dé fruto. Como lo dio en Teresa de Calcuta, Francisco de Asís, Teresita de Jesús, Francisco Javier y tantos otros. Y sobre todo, Señor, en tu Madre, que fue “la mejor tierra”, y por eso dio el mejor fruto, que eres tú. No te canses, Señor, de sembrar tu semilla en mi corazón y de regarla con tu gracia abundante hasta que dé el fruto que Dios espera de mí.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.