Viernes de la semana 24ª del Tiempo Ordinario
Por Jesús Aniorte
1. Preparación
Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
Ahora lee despacio la Palabra de Dios y las reflexiones que se proponen. Déjate empapar de la Palabra de Dios. Si con un punto de reflexión te basta, quédate ahí, no prosigas.
2. La palabra de Dios
En aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, predicando el Evangelio del reino de Dios; lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que él había curado de malos espíritus y enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, intendente de Herodes; Susana y otras muchas que le ayudaban con sus bienes. ( Lucas 8:1-3). Jesús continúa recorriendo ciudades y pueblos y predicando la Buena Nueva de la alegría y de la salvación. Le acompañan los Doce que eligió para que le acompañaran y algunas mujeres. Ellos está con Jesús, escuchando su mensaje, acogiéndolo en su corazón, viviendo su amistad, y viendo cómo actúa. Así se preparan, diríamos, para continuar después la obra del Maestro: anunciar su mensaje y hacer lo que él hace. Esta misión ha de ser la de sus seguidores en todos los tiempos. También la nuestra en el mundo de hoy. Pero ¿nosotros nos “preparamos” como ellos, escuchando al Maestro, frecuentando su trato, cultivando su amistad en la oración? Si no es así, ¿qué obra realizaremos, la obra de Cristo o la nuestra?; y ¿qué mensaje proclamaremos, el suyo o el nuestro o el de cualquier “maestro”? Señor, sólo quien te escucha y vive contigo, te conoce de verdad y puede hablar en verdad de ti. Que no lo olvide, Señor.
Le acompañan también algunas mujeres. Eran mujeres agradecidas. Ellas habían experimentado su amor liberador de enfermedades y malos espíritus. Ahora le siguen y sirven a Jesús y a los suyos incluso con sus bienes. El discipulado de las mujeres es un hecho sorprendente, porque no era habitual. De hecho, los rabinos no consideraban a las mujeres dignas de recibir las mismas enseñanzas espirituales que los hombres. Sin embargo, Jesús las admites en su compañía y les entrega su mensaje de salvación y de amor como a los varones. De este modo eleva a la mujer al mismo nivel moral y espiritual del varón. Y ellas, Señor, ¡bien que respondieron con gratitud! Ahí están acompañándote, sirviéndote... Y a algunas de ellas las veremos, fieles, al pie de la cruz, junto con tu Madre María. Señor, yo también he recibido muchos favores de ti, también a mí me has curado y librado de muchos “malos espíritus”, y me has perdonado mucho. Que aprenda de estas mujeres a responderte con amor y a seguirte hasta en los momentos más difíciles. Y te ruego, de manera especial, Señor, que en todas las culturas de hoy la mujer sea mirada y valorada como tú la mirabas y valorabas.
Hoy pensemos en los buenos ratos que pasarían con Jesús, al que tanto querían, los Apóstoles y las mujeres que le acompañaban. ¡Qué diálogos de amor serían los suyos! Ellos le hablarían de sus ilusiones, de sus dudas y problemas y preocupaciones. Y el Señor les animaría, hablándoles del reino de Dios, y del amor del Padre, y de los planes de amor que el Padre tenía, no sólo para ellos, sino para toda la humidad. Y sentirían que sus corazones se encendían más y más en el amor del Señor y en deseos de entregarse a la causa del Reino del Dios… Señor, como cristiano, elegido por ti sin mérito ninguno para ser de los tuyos, también yo quiero acompañarte y servirte, y gastar tiempo contigo. Para hablarte de mi amor, de mis ilusiones, de mis problemas, miedos, caídas. Y para escuchar tus palabras de perdón, de ánimo y consuelo, y de los planes que tienes sobre mí… Señor, sé que tú siempre tienes ganas de escucharme y hablarme. Que las tenga yo también. Tú siempre me esperas; que yo, Señor, vaya, y no te deje esperando.
3. Diálogo con Dios
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.
18/09/2009
Artículos de "Al hilo de la vida y de mis reflexiones"
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