Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Los paisanos de Jesús, como veíamos ayer, no quisieron escucharle; por eso, se va a los forasteros, y la gente de Cafarnaúm, por el contrario, se queda asombrada, escuchándole en la sinagoga, porque enseña con autoridad. Los escribas de la época apoyaban su enseñanza citando a grandes maestros. Jesús no cita a nadie, él habla desde su propia experiencia de Dios y de la vida. Jesús es Dios-que-habla-a-los-hombres. Y la palabra de Dios es fuerza creadora, renovadora… Señor, yo quiero escucharla, no sólo con el asombro de los de Cafarnaúm, sino con el gozo y la alegría de quien sabe que tu palabra es Palabra de un Dios que se me acerca para salvarme, para librarme del mal, y hacerme nuevo. Por eso, Señor, quiero acogerla en mi corazón y dejarme transformar por ella.
2. Hoy contemplamos el primer milagro que presenta san Lucas: Jesús libera a uno que estaba poseído por el espíritu del mal, “un demonio inmundo”, dice Lucas. Y lo hace por la fuerza de su palabra. El espíritu no puede soportar la presencia de Jesús, pues con él llega la ruina de los malos espíritus: “¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros?” En nuestro corazón ¿cuántos “demonios” hay que se resisten a la Palabra de Dios que quiere desalojarlos? Ahí están el orgullo, la soberbia, el egoísmo, el resentimiento, la sensualidad, el consumismo… ¿Por qué el temor a exponernos a la luz de Dios en la oración? ¿No será que sabemos que Dios quiere “acabar” con todo eso y nos da miedo? Señor, a pesar de mis resistencias, di tu palabra de autoridad sobre tanto “demonio” que me tiene atenazado: "Cierra la boca y sal." Y que, en adelante, viva en la libertad del amor.
3. Aquel demonio confesó: “Sé quién eres: el Santo de Dios .” Pero esa confesión Dios no la aceptó. Confesar con la palabra que Jesús es el Santo de Dios, si no va acompañada de obras, es fe muerta y de nada sirve, como dice Santiago en su Carta. La confesión de fe que salva es la que va acompañada de las obras de amor que agradan a Dios. Señor, que no caiga en la trampa; que te confiese y te alabe con la palabra, sí, pero a la vez –y sobre todo- que, con mi vida, proclame que tú eres el Señor, haciendo las obras de amor que tú hacías, que son las que espera Dios de mí. Por otra parte, a cada uno de los miembros de la Iglesia, nos has confiado, Señor, la tarea de continuar tu obra liberadora en los hombres de hoy, dominados por los demonios del tener, del acaparar y el consumir, del egoísmo y de la soberbia explotadora, de la insolidaridad y el desamor. El evangelio termina constatando que la gente estaba admirada de lo que hacías, Señor: “Todos comentaban estupefactos: -« ¿Qué tiene su palabra? Da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen.” Hoy me pregunto, Señor, si mis actuaciones en los diferentes ambientes en que me muevo producen esa admiración en la gente, porque las cosas cambian…
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.