Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. Jesús les ha dicho que el pan que va a darles es “su carne para la vida del mundo”. Y los judíos se escandalizan y no quieren creer: - «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?» Duros de corazón eran aquéllos, pero duros lo somos también nosotros. Si lo que Jesús nos dice en el evangelio no cabe en nuestra pequeña cabeza no lo queremos aceptar. Y entonces pedimos explicaciones, y lo rebajamos y empequeñecemos hasta hacernos un evangelio, una religión y un Dios a la medida, no de nuestra cabeza, sino de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, de nuestro miedo a comprometernos. Y después resulta que nos “tragamos” sin ningún reparo lo que cualquier propaganda o teoría o moda nos ofrece. ¿Hasta cuándo, Señor, seremos así? ¿Hasta cuándo temeremos fiarnos de ti? Conviértenos, Señor, conviértenos, que si tú no nos conviertes…
2. “Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día”. Jesús continúa hablando de alimento. Sólo el que coma su carne y beba su sangre tendrá vida en él. Sólo Jesús puede hacernos vivir la vida de Dios. En la eucaristía nos entrega su Carne y su Sangre para que tengamos vida en nosotros. ¡Qué gran bondad, Señor, la tuya! Tomas la forma humilde del alimento material -pan y vino- para unirnos íntimamente a ti y darnos vida, ¡tu misma vida!, y hacernos una sola cosa contigo, y saciar nuestra hambre radical -el hambre de Dios-, que tan profundamente sentimos. Gracias, Señor, por tanto amor. Gracias por el regalo maravilloso de la eucaristía, regalo que sólo a un loco de amor se le podía ocurrir. Señor, que vivamos de acuerdo contigo; que tu vida se manifieste pujante en los que participamos de la eucaristía.
3. Cada domingo –y algunos cada día- acudimos a la misa para acrecentar la vida de Dios. Porque, como toda vida, la vida de Dios en nosotros necesita ser alimentada. De ahí que Jesús se nos dé como alimento. A la gente que le buscaba porque les ha-bía dado de comer, multiplicando los panes y los peces, Jesús les dice: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. En la Eucaristía Jesús se hace presente no sólo para estar con nosotros, sino para dársenos él mismo como alimento y hacer posible el encuentro personal de cada uno de nosotros con él. Un encuentro transformador, porque para eso se nos da Jesús, para transformarnos en él: “El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él.” ¡Qué distinta sería nuestra vida, si viviéramos lo que significa la Eucaristía en la que tantas veces participamos! En la Eucaristía entramos en comunión de vida con Cristo, para hacer posible vivir como él vivió: partiéndonos y repartiéndonos nosotros mismos y lo nuestro con los hermanos… Siendo así las cosas, Señor, la eucaristía no puede ser una devoción más, a la que acudo –con más o menos rutina- cuando me apetece, ni el mero cumplimiento de un mandamiento de la Iglesia; es una necesidad, para poder vivir como cristiano. Concédeme, Señor, la gracia de acudir a celebrarla con el deseo profundo de ser transformado en ti.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.