Señor, aquí estoy delante de ti. Ayúdame a tomar conciencia viva de que tú estás conmigo siempre. Esté donde esté, tu presencia amorosa me envuelve. Dame tu gracia para que este rato de oración me sea provechoso. Que vea claro qué quieres de mí. Dame un corazón nuevo, que me guíe por tus caminos de amor. Me pongo en tus manos, Señor. Soy todo tuyo. Haz de mí lo que tú quieras. Amén.
1. La comunidad de Jesús no es una comunidad de impecables y santos. En ella se da el pecado. Cuando un hermano no se comporta de acuerdo con la vida de la comunidad, ¿qué hemos de hacer? Desde luego no debemos condenarlo, pero tampoco quedarnos indiferentes, como si no nos importara su comportamiento. Si tenemos obligación de atender al hermano en las necesidades materiales, ¿cómo podemos quedarnos tranquilos y no ayudarle a corregirse de sus faltas y defectos? En cierta manera este caso es una aplicación de la parábola de la oveja perdida. Por eso, hemos de buscar al pecador para reintegrarlo a la comunidad, de la que se ha separado por su pecado: “Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano”. No podemos olvidar que –como dice J. Ant. Pagola-: "todo hombre es capaz de salir de su pecado y volver a la razón y a la bondad. Pero necesita encontrarse con alguien que le ame de verdad, le invite a interrogarse y le contagie un deseo nuevo de verdad y generosidad."
2. ¿Cómo proceder cuando surge el conflicto en la vida de la comunidad? Jesús nos habla de la corrección fraterna. Y para ello, lo primero es el diálogo personal, de tú a tú, “a solas”, no para echar en cara al hermano su pecado y condenarlo; las cosas hay que decirlas sin agresividad, con delicadeza, amor y comprensión, para que tome conciencia de que ha obrado mal, y se corrija. En segundo lugar, si no hace caso, acudir al diálogo con testigos: “ llama a otro o a otros dos”; y, finalmente, si se obstina en su falta, la separación de la comunidad: “ y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano”. Y no es que la comunidad lo excluya, sino que él, por su comportamiento inadecuado, se separa de ella… Ahora bien, en todo ha de guiarnos el amor y la búsqueda del bien del hermano, y estar siempre dispuestos al perdón. Nada, pues, de habladurías y críticas a espaldas del otro. Y menos, airear a los cuatro vientos los defectos del otro. ¡Cuánto deteriora eso las relaciones entre los miembros del grupo, de la familia, de la comunidad...! Señor, que, ante la falta de mi hermano, guiado por el amor y el deseo de ayudarle, vaya a él de cara, para animarle a corregirse. Es la manera de “ganar al hermano,” que es lo que debe preocuparme. Ayúdame, para que obre siempre así.
3. Termina el evangelio hablando de la oración comunitaria. Orar con el hermano y por el hermano. La corrección del hermano no hemos de hacerla a la ligera y movidos por criterios humanos. ¿Y qué mejor manera de encontrar el modo adecuado de corregirlo que orar por él y pedir la gracia y la iluminación del Señor? Si nuestra corrección al otro (compañero, miembro de la familia o de la comunidad, etc.) fuera siempre acompañada de la oración por él, seguramente estaría más llena de amor y le ayudaría más a mejorar y, si se ha separado de la comunidad, a reintegrarse a ella. Señor, que yo lo haga así siempre. Porque si oro más por los hermanos que fallan, los amaré más y los criticaré menos.
A la luz de esta Palabra y estas reflexiones, pregúntate qué te pide el Señor... Háblale como a un amigo. Pídele perdón, dale gracias. … Escucha en tu corazón qué te dice el Señor. Pide que te ayude para poder llevar a la práctica los deseos que han surgido en tu corazón.